La sociedad se descompone en Haití atrapada en una vorágine de corrupción, violencia y miseria. El pueblo haitiano, despojado y sometido por el imperialismo y la oligarquía, vive sumido en una catástrofe sin solución.

El terremoto de 7,2 grados que se produjo el pasado 14 de agosto en el sur de país no ha hecho más que dejar nuevamente de manifiesto el colapso del sistema. Sus consecuencias directas  arrojan, por ahora, cerca de 2.200 personas fallecidas, 12.000 heridos y más de 300 desaparecidos. Pero el desastre ya estaba presente mucho antes.

Haití es uno de los países más pobres del mundo. Con más de 11 millones de habitantes, su situación es completamente desesperada. Casi un 75% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza y la tasa de desempleo llega al 80%. La mayoría no tienen acceso al agua corriente, luz eléctrica o alcantarillado. Las infraviviendas que difícilmente soportan las tormentas tropicales que cada año azotan la región se extienden por todo el país. Incluso barrios enteros de la capital Puerto Príncipe están construidos con materiales de deshecho.

La población está muy lejos de recuperarse del terremoto que asoló el país en 2010 y que devastó la capital dejando 200.000 muertos y un millón y medio de damnificados. 

En el nuevo seísmo del 14 de agosto más de medio millón de personas lo han vuelto a perder todo. Las infraestructuras son tan precarias que miles han quedado aisladas sin posibilidad de ser rescatadas y la tormenta tropical Grace, que llegó pocos días después, ha complicado aún más las cosas. Las rutas a las zonas más afectadas están controladas por las bandas armadas  que hacen prácticamente imposible distribuir cualquier tipo de ayuda de forma eficiente.

Las catástrofes naturales son difíciles de prever y evitar. La catástrofe que está sufriendo el pueblo haitiano va mucho más allá y sí es evitable.

Corrupción, violencia y miseria con sello imperialista

Según datos del Banco Mundial, el 20% más rico de las familias posee el 64% de los ingresos totales en el país, y es un dato que se queda claramente corto. El sector más privilegiado de esta burguesía parasitaria es quien controla férreamente la vida política y económica desde sus mansiones de Pétion-Ville en Puerto Príncipe.

Estos oligarcas son los fieles aliados de los especuladores extranjeros y junto al imperialismo Americano saquean Haití y su vecina República Dominicana, naciones isleñas con interés geopolítico muy importante en el Caribe.

Desde que hace 35 años la movilización de masas derrocara la sangrienta dictadura de Jean Claude Duvalier, Haití ha tenido 20 gobiernos distintos. Durante este tiempo el imperialismo americano se ha implicado en dos golpes de estado, llegando a secuestrar en 2004 al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había emprendido algunas tímidas reformas para aliviar la situación de la población y que acabaron drásticamente con la ocupación militar del país por parte de las tropas de la ONU.

El último episodio de esta crisis política continuada ha sido el asesinato del presidente Jovenel Moïse en el mes de julio, acribillado a balazos por un comando de sicarios colombianos. Poco se sabe de quién ha ordenado el asesinato, pero el desgaste de Moïse en su enfrentamiento continuado con las masas se había convertido en un elemento de inestabilidad extrema.

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El último episodio de esta crisis política continuada ha sido el asesinato del presidente Jovenel Moïse en el mes de julio, acribillado a balazos por un comando de sicarios colombianos.

Este corrupto presidente había disuelto el parlamento en 2019 y gobernaba por decreto desde entonces. El  saqueo de las arcas públicas, el desvío de las ayudas internacionales al enriquecimiento privado, el sometimiento al imperialismo y a las desastrosas políticas del FMI no son algo nuevo en un mandatario haitiano, pero ahora la polarización social ha llegado a un punto insostenible. Su negativa a abandonar el poder desoyendo incluso los plazos marcados por la Constitución, provocaron en febrero de este año grandes movilizaciones y la convocatoria de una huelga general.

Después del asesinato presidencial y de días de disputa por el liderazgo del país, el pasado 17 de julio Ariel Henry recibió el respaldo de la Organización de Estados Americanos (OEA), de las Naciones Unidas y de los países que forman el llamado Core Group (Estados Unidos, Brasil, Canadá, Francia, Alemania y España) para formar un nuevo Gobierno. El imperialismo había hablado, activando por enésima vez un Ejecutivo títere a sus intereses.

La lucha de las masas es el único obstáculo a los planes de la oligarquía y el imperialismo

 La violencia contra las masas es sistemática en Haití. Las bandas mafiosas fuertemente armadas campan a sus anchas y controlan zonas enteras del país. Igual que ocurre con el narco en México o Colombia, estas mafias armadas están totalmente vinculadas a distintos grupos de empresarios, del aparato del estado y del propio Gobierno. Con total impunidad, son utilizadas contra la movilización como complemento de la policía y el ejército.

Voces desde la izquierda reformista piden que la ONU vuelva a intervenir para garantizar la estabilidad, el cese de la violencia y la ayuda frente a la devastación del último terremoto. Pero las masas haitianas tienen una amarga experiencia al respecto.

Los cascos azules llegaron a Haití en 2004 como una fuerza militar de ocupación. Lejos de solucionar ningún problema, combatir el narcotráfico, controlar a las bandas gansteriles o facilitar la recuperación después del terremoto de 2010, su presencia ha sido una pesadilla para el pueblo de Haití. Durante más de 15 años de misión “humanitaria” han actuado como un engranaje fundamental de la represión. Con sus acciones se multiplicaron las violaciones de los derechos humanos, provocaron un brote de cólera en la isla y fueron acusados de abusos sexuales continuados. Fomentaron y normalizaron la prostitución infantil con cientos de niñas que quedaron embarazadas y abandonadas a su suerte por miembros de las misiones de paz de la ONU.

Contra la miseria, la represión y la violencia la lucha de las masas con una alternativa socialista es el único camino. Desde 2018 la movilización ha sido el único obstáculo real para los planes de la oligarquía y el imperialismo y un quebradero de cabeza constante.

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La lucha de las masas con una alternativa socialista es el único camino. Desde 2018 la movilización ha sido el único obstáculo real para los planes de la oligarquía y el imperialismo.

Con las grandes manifestaciones de verano de 2018 se consiguió paralizar una subida drástica de los productos derivados del petróleo, fundamental para la población debido a la falta generalizada de electricidad. En octubre de ese mismo año más de tres millones de personas abarrotaron las principales ciudades el país. Durante todo 2019 las movilizaciones continuaron por el desfalco de 3. 800 millones de dólares del programa Petrocaribe de Venezuela, poniendo contra las cuerdas a Jovenel Moïse. Pocos meses nos separan de la última explosión de febrero de este mismo año contra la continuidad de Moïse en el poder.

Todo este proceso ha significado una enorme experiencia de lucha y de organización, en la que se ha resistido a la represión, se han hecho huelgas generales masivas, se han levantado barricadas durante semanas en los barrios más pobres y se han realizado cortes de tráfico por todo el país.

Sin duda los últimos acontecimientos no hacen más que añadir más contradicciones a una situación terriblemente inestable. Es cuestión de tiempo que volvamos a ver a las masas de Haití de nuevo en las calles.

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