Las recientes elecciones presidenciales en Austria son la expresión más gráfica del imparable proceso de polarización que se desarrolla en Europa. No sólo por el ajustado resultado, que por poco más de 30.000 votos da la victoria al candidato de la izquierda, apoyado por el Partido Verde, Van der Bellen, frente al ultraderechista Norbert Hofer del FPÖ, sino porque por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, tanto la socialdemocracia como la derecha “tradicional” quedaron fuera de esta segunda vuelta, al cosechar unos desastrosos resultados en la primera, alrededor del 11% cada una.

El brutal giro a la derecha en la política de los refugiados llevado a cabo en los últimos meses por el gobierno de coalición entre socialdemócratas y democristianos, no ha impedido el desplome de ambos. Todo lo contrario, ha contribuido a fortalecer y legitimar el discurso xenófobo y racista del FPÖ, que bajo el lema “Austria para los austriacos” ha agrupado en torno suyo al 49,7% de los votantes. Sin embargo, pese a que las encuestas situaban a Van der Bellen muy por debajo de Hofer, finalmente la gran participación electoral, cercana al 73% le ha dado la victoria con el 50,3%. No obstante, es indudable que los resultados obtenidos por el FPÖ son históricos y ni mucho menos se trata de un fenómeno aislado, sino que reflejan la fuerte polarización social que se está desarrollando en el continente europeo.

Del mismo modo, los recientes resultados de la formación ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) en Renania-Palatinado y Sajonia-Anhalt, por encima del 15%, y superando el 25% en Baden-Westfalia, junto a la abrupta caída del SPD y la CDU son otra muestra de este desarrollo de la extrema derecha, que ya en la elecciones europeas de 2014 experimentó un avance general, aunque desigual.

La otra cara de la polarización

Si bien las grandes movilizaciones de masas frente a los ataques, con un carácter netamente de izquierdas y de clase, continúan siendo, sin discusión, el factor dominante en la escena política es indudable que la polarización social que recorre Europa se refleja también en la aparición y fortalecimiento de los partidos de corte xenófobo, nacionalistas o abiertamente fascistas.

Y es que, en medio de la mayor crisis capitalista desde los años 30, la misma polarización social que propicia la radicalización y el giro a la izquierda de millones de trabajadores y jóvenes en toda Europa, alimenta la deriva derechista y xenófoba especialmente de las capas medias empobrecidas y desesperadas, y también de los sectores más atrasados y desclasados del movimiento obrero que no encuentran una salida a la situación de paro y precariedad en la que están sumidos. La falta de alternativas de las organizaciones socialdemócratas a la crisis capitalista, y su complicidad con las políticas de recortes, o incluso la colaboración directa con la derecha en gobiernos de coalición, ha contribuido considerablemente a este fenómeno.

Pero fundamentalmente, el desarrollo de estos partidos corre paralelo a la ofensiva de los capitalistas para eliminar las conquistas y derechos históricos del movimiento obrero europeo. Más allá de hipócritas declaraciones sobre la preocupación de los mandatarios europeos por el aumento de la extrema derecha, no cabe duda que la burguesía ve con buenos ojos el fortalecimiento de estos grupos, como una fuerza de choque frente a las luchas de los trabajadores.

No es ninguna casualidad que, en los últimos años, el recorte de libertades y el aumento de la represión sindical y política, así como la promulgación de leyes que criminalizan al inmigrante y fomentan la xenofobia haya sido una constante, no sólo en el Estado español, sino en toda Europa. El infame acuerdo con Turquía para expulsar a los refugiados es el punto y seguido de una profundización de estas políticas de represión contra la inmigración, excelente cabeza de turco para desviar la atención de los verdaderos responsables de nuestros problemas, y toda una declaración de intenciones de los capitalistas europeos.

Sin embargo, pese a los avances electorales en algunos países, salvo excepciones la extrema derecha se encuentra aislada en la calle, y no ha conseguido frenar ni distorsionar las luchas masivas de los trabajadores y la juventud, que ya sea en Grecia, Francia o el Estado español, ha continuado poniendo su sello en los acontecimientos. Todo lo contrario, donde han intentado infiltrarse (como en el movimiento antideshaucios, o en las movilizaciones estudiantiles en el caso del Estado español), el movimiento ha reaccionado con firmeza, expulsándoles y rechazando sus planteamientos.

Connivencia del aparato del Estado con los grupos fascistas

De hecho, allí donde mantienen una presencia organizada, lo hacen invariablemente bajo el paraguas y la protección del aparato del Estado, en todas sus facetas. Da igual que se trate de los nazis del Hogar Social Madrid, de los de Amanecer Dorado, de los islamófobos de Pegida en Alemania, o de los fascistas belgas que, escoltados por la policía, reventaron una concentración por las víctimas de los atentados de Bruselas el pasado mes de marzo. En todas partes el denominador común de sus acciones es la tolerancia y complacencia de las autoridades de turno .

De la misma manera, los ataques de grupos ultras en el Estado español, a inmigrantes, homosexuales o militantes de izquierdas gozan, en la inmensa mayoría de los casos, de una total impunidad. Algo similar a lo que ocurre con la apología del fascismo y del franquismo, que no provoca ningún tipo de actuación de la Fiscalía del Estado, tan dada a perseguir tuiteros, artistas y compositores de la izquierda .

En todo caso, la protección de la que se benefician estos grupos por parte del aparato del Estado y el aumento de su actividad en el momento actual no es algo casual y en el próximo periodo la fusión y colaboración entre el Estado y las bandas fascistas se estrechará aún más. Como buenos servidores de los capitalistas, los fascistas siembran su veneno racista para tratar de atomizar y enfrentar a los trabajadores, desviando la atención de los verdaderos responsables, a la vez que incrementan los ataques contra los activistas y los militantes de la izquierda, pues su objetivo, como el de la burguesía, es quebrar la resistencia de los trabajadores frente a los ataques que padecemos.

Sólo la lucha organizada y masiva de la clase trabajadora puede evitar el deterioro de nuestras condiciones de vida y organizar una sociedad más justa. Pero para lograrlo debemos dotarnos de un programa que trascienda el capitalismo en el terreno económico y social. Frente al discurso reaccionario y xenófobo de la burguesía, los trabajadores debemos recuperar la lucha solidaria e internacionalista contra la opresión capitalista como nuestro objetivo principal.


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