La lucha de clases en Francia no da tregua. El año comienza con la convocatoria por parte de la CGT y otros sindicatos de dos nuevas jornadas de manifestaciones los días 9 y 11 de enero, y la paralización del 7 al 10 de enero de un sector estratégico, las refinerías. 

Tras cumplirse un mes desde la exitosa huelga general del 5 de diciembre que paralizó el país y reunió alrededor de un millón y medio de manifestantes en las calles, la fuerza de la clase obrera –decidida a echar atrás la contrarreforma de pensiones del Gobierno Macron– ha obligado a los dirigentes sindicales a ir mucho más allá de sus planes iniciales, convirtiendo este movimiento huelguístico en el más largo desde 1985.

Un movimiento que ha conseguido la unidad en la lucha de los chalecos amarillos con el movimiento sindical a través de la huelga general; que destaca por el protagonismo que está teniendo la toma de decisiones en las asambleas de los centros de trabajo, imponiendo el calendario de lucha y su extensión; que con el transporte a la vanguardia, afecta tanto al sector público como al privado e incorpora a nuevas capas a los paros indefinidos y a las manifestaciones; y que está logrando un masivo apoyo social –el 61% de los franceses apoya los paros y el 75% rechaza el discurso de fin de año de Macron–, materializándose en una histórica caja de resistencia que ha conseguido 1,6 millones de euros en tan solo un mes.

Un movimiento que tiene en su mano la posibilidad de doblegar a Macron y hacer caer su Gobierno, convirtiéndose en un referente para el conjunto del movimiento obrero en toda Europa.

La contrarreforma de las pensiones, punto de inflexión

Desde que estallara la crisis económica, la burguesía francesa lanzó un ataque frontal contra la clase trabajadora respondido con contundentes huelgas sectoriales y generales, que durante los últimos diez años han sumido a los sucesivos Gobiernos en profundas crisis políticas hundiendo las carreras de varios mandatarios. En este contexto, la huelga iniciada el pasado 5 de diciembre marca un punto de inflexión.

La reforma de las pensiones es uno de los objetivos históricos de la burguesía francesa, que ya lo intentó bajo el mandato de Chirac en los años 90 y posteriormente con Sarkozy en 2012. En esta ocasión, Macron pretende unificar e igualar los 42 tramos de cotización existentes a la baja, así como aumentar la edad de jubilación de 62 a 64 años. En un alarde de cinismo y arrogancia presenta esta reforma como “justa”, pero la realidad es que ni los más humildes verán aumentada su pensión y los sectores que, fruto de la lucha de décadas, tienen un régimen de pensión en mejores condiciones verán cómo retrocede y perderán poder adquisitivo tras la jubilación.

El anuncio de que se pondría en marcha a principios del 2020 desató la furia por parte de la clase trabajadora. Conviene señalar que la contundencia y masividad con la que los trabajadores están respondiendo es consecuencia no solo de esta medida sino también de la acumulación de un largo y enorme descontento.

Bajo el Gobierno de Macron, en apenas dos años, se limitó al 30% la fiscalidad sobre el capital y se eliminó del Impuesto de Solidaridad a la Fortunas (ISF), dirigido a los más ricos. A su vez, los alquileres se incrementaron el 50% entre 2005 y 2015, y los precios inmobiliarios entre 2010 y 2018 se desbocaron, aumentos sufridos por las familias más humildes en los barrios obreros. A esto se une la extensión de la precariedad laboral y los despidos o la congelación de las pensiones y los recortes en el subsidio de desempleo.

A nivel laboral, en 2018 Macron aprobó la modificación de los EREs, permitiendo despedir a parte de la plantilla de una empresa si lo acepta la mayoría de representantes sindicales, eliminando controles y compensaciones anteriores. Tras su aprobación gigantes como Peugeot y Société Générale despidieron a 1.300 y 900 trabajadores respectivamente. En un contexto semejante, el anuncio de la reforma de las pensiones ha sido la gota que ha colmado el vaso.

Huelgas masivas los días 5 y 17 de diciembre

La necesidad de hacer confluir todos los sectores en una gran huelga general era un clamor entre los trabajadores. La masividad en la participación y la continuidad que está teniendo esta lucha evidencian el estado de ánimo y la disponibilidad de los trabajadores y trabajadoras a llegar hasta el final.

La respuesta a la convocatoria de huelga fue absolutamente histórica. Se calcula que participaron alrededor de 1,5 millones de trabajadores en las más de 250 manifestaciones a lo largo y ancho del país, siendo especialmente notable en el transporte con una paralización del 90% del servicio ferroviario. Los trabajadores del transporte público, ya habían anunciado que el 5 de diciembre sería el punto de partida para una huelga indefinida, como lo está siendo un mes después. En el sector privado también tuvo una incidencia muy grande, siendo los trabajadores de refinerías la punta de lanza, parando prácticamente al 100% la producción.

El éxito de la convocatoria y la enorme sensación de fuerza que sienten los trabajadores ha obligado a los dirigentes a dar continuidad a la huelga en prácticamente todos los sectores. Tal es así que en la huelga del 17 de diciembre la participación fue mayor y los sectores que acordaron en asamblea sumarse a la huelga indefinida aumentaron.

La comparecencia el 11 de diciembre del primer ministro Èdouard Philippe,  anunciando algunas modificaciones y la apertura de una mesa de diálogo para llegar a un acuerdo, no solo no tuvo el efecto desmovilizador que esperaban sino que hizo que la CFDT –principal sindicato que no se había unido a las convocatorias de huelgas– terminara convocando contra el aumento de la edad de jubilación a los 64 años.

¡Abajo el Gobierno Macron!

Todos los planes del Gobierno de Macron para sofocar la lucha, han fracasado. El demagógico anuncio de renunciar a su pensión vitalicia como jefe de Estado no ha conmovido a nadie, y el desesperado llamamiento a hacer una “tregua en navidad” volvió a chocar con el muro de los trabajadores. El día de navidad, solo 4 de cada 10 trenes circularon en Francia y de las 16 líneas del metro de París únicamente dos se abrieron. Además, los trabajadores del sindicato de energía de la CGT cortaron la luz a varias de las grandes compañías que cotizan en Bolsa, y en cinco refinerías decidieron ir a la huelga total los días 26, 27 y 28 de diciembre, bloqueando la entrega de combustible y afectando también la actividad de los puertos, donde los estibadores también se han sumado a la huelga.

Y la cosa no termina ahí, el comunicado aprobado por los trabajadores del metro de París y los ferrocarriles de la región parisina es contundente, no solo con el Gobierno sino muy explícitamente con sus dirigentes sindicales: “Después de haber demostrado que no habría tregua, ¡la base quiere la generalización de la huelga”.

En la misma línea va el comunicado de las federaciones de ferrocarril, transporte, energía y productos químicos de la CGT que advierten a Macron: “si el primer ministro insiste en afirmar que el país no está bloqueado, los trabajadores del sector público y privado sacarán las conclusiones de que deben duplicar las movilizaciones, multiplicar los llamamientos a la huelga en todas las empresas e implementar aún más el nivel de sus acciones”.

Macron sabe perfectamente que a día de hoy la posibilidad de llegar a un acuerdo está lejos. Los dirigentes sindicales no tienen más remedio que exigir la retirada íntegra del plan y mantener la huelga. La presión por abajo es enorme. El secretario general de CGT, Philippe Martínez, inició 2020 declarando: “Hacen falta más huelgas en todas partes”, llamando al bloqueo de las refinerías entre el 7 y 10 de enero para ejercer más presión y para los días 9 y 11 se esperan grandes manifestaciones, justo antes de que esta reforma se discuta en el Consejo de Ministros y se lleve en febrero a la Asamblea Nacional.

Los peores temores de la burguesía se están cumpliendo. Una derrota de Macron sería una catástrofe para los capitalistas: no solo supondría el fin del Gobierno sino, más importante, sería una victoria histórica de la clase trabajadora abriendo un nuevo escenario.

Las condiciones para la victoria están dadas. Los dirigentes sindicales no pueden dar balones de oxígeno al Gobierno, se trata de hacer caer al Gobierno, y la dirección de la CGT tiene toda la responsabilidad de hacerlo, por eso no basta con decir que “hacen falta más huelgas”.

Aunque la posibilidad de llegar a acuerdos por parte de los dirigentes parece lejana, los trabajadores deben tomar en todo momento la iniciativa –como están haciendo hasta ahora–, tener bajo un estricto control a sus dirigentes, estar atentos a cualquier tipo de maniobra que pretenda dejarles al margen, y obligarlos por la fuerza de los hechos a presentar un plan de movilizaciones contundente que organice la enorme fuerza existente demostrada y prepare ya una huelga indefinida total hasta echar a Macron.

Este plan tiene que incluir la organización y coordinación de comités en las fábricas, en todos los centros de trabajo y de estudio, en barrios y localidades, y la elaboración de una plataforma reivindicativa que incluya, junto al rechazo de la contrarreforma de pensiones, la reversión de todos los recortes y retrocesos en los derechos laborales, sociales y democráticos de los últimos años, que luche por el incremento de la inversión en la sanidad, educación y servicios públicos, que exija la renacionalización de todos los sectores privatizados y la nacionalización de los grandes monopolios y la banca para poder llevarlo a cabo.

Las espadas están en todo lo alto. La burguesía francesa y Macron se preparan para una lucha muy dura, pero los trabajadores también. Las tradiciones combativas de la clase obrera francesa, y el ejemplo del último año de lucha de los chalecos amarillos, son una inspiración para todos los luchadores del mundo.

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