En la segunda vuelta, ni Macron ni Lepen. Construir una izquierda combativa, antifascista y anticapitalista es posible

La primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas ha supuesto un completo terremoto político por dos motivos. Primero, Macron ha ganado y pasará a la segunda vuelta junto a la líder de la extrema derecha Le Pen, pero la candidatura de Melenchon se ha alzado con un resultado histórico  venciendo en muchas de las grandes ciudades de Francia y en el cinturón rojo de París. En segundo lugar, estos comicios han terminado por dinamitar a los partidos tradicionales que gobernaron la V República durante décadas. La derecha republicana tradicional, el Gaullismo, no supera el 5%, y el Partido Socialista se hunde estrepitosamente con un 1,7% de los votos.

Polarización política y lucha de clases

La profunda polarización social y política que vive Francia, como está ocurriendo en el resto del mundo, está empujando a un corrimiento del voto conservador tradicional hacia fuerzas de extrema derecha racistas, homofobas e incluso protofascistas. Estas elecciones son una nueva confirmación de este aspecto: el Rassemblement National de Le Pen y el aún más ultraderechista Zemmour obtienen un 30,22% de los votos, 10.622.304 votos. Un serio peligro para la clase obrera y los derechos democráticos, que demuestra la corrosión que sufre la democracia burguesa en uno de los países capitalistas más desarrollados.

Pero frente a este hecho objetivo, y aunque la prensa capitalista lo oculte conscientemente, el otro aspecto es que Melenchon y la Unidad Popular han tenido unos resultados muy potentes que han estado a punto de dar un vuelco a la situación. Con 7.714.949 votos y el 21,95% se ha quedado tan solo a 1,2 puntos de Le Pen (421.400 votos). Una oportunidad perdida en la que la responsabilidad del Partido Comunista francés por  su estrategia sectaria de mantener un candidato sin posibilidad alguna es evidente: sus 802.615 votos (2,28%) habrían permitido que la izquierda disputara la segunda vuelta a Macron, algo que habría cambiado el panorama por completo.

El avance de la Unidad Popular demuestra el potencial para conformar un frente anticapitalista y antifascista, y las oportunidades objetivas que existen para levantar una izquierda de clase y combativa. El ascenso de las luchas durante la presidencia de Macron, representado especialmente en la rebelión de los “chalecos amarillos”, en las grandes huelgas contra la privatización de las pensiones, de los trabajadores ferroviarios y de la educación pública, ha tenido su reflejo también en el campo electoral. Es importante subrayar esto  y combatir la campaña de que en Francia el avance de la extrema derecha es lo único relevante.

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El avance de la Unidad Popular demuestra el potencial para conformar un frente anticapitalista y antifascista, y las oportunidades objetivas que existen para levantar una izquierda de clase y combativa.

Colapso del la derecha republicana y del Partido Socialista.

Macron, a pesar de ganar las elecciones con 9.785.578 votos, el 27,84%, no ha conseguido capitalizar la debacle histórica de la derecha republicana tradicional, que ha perdido el 76,7% de sus votos, exactamente 5.533.525, pasando del 20,01% al 4,78%. El grueso de dichos votos ha acabado en la abstención o en la extrema derecha.

Macron ha podido arrancar una pequeña parte de los votos perdidos del Partido Socialista, que principalmente han ido a parar a Los Verdes, que en 2017 se presentaron en coalición con los socialistas y que ahora obtienen un débil resultado también: 1.628.337 votos, el 4,63%.

El PS, que ganó las elecciones en 2012 con 28,63% de las papeletas en la primera vuelta, ya sufrió un colapso de su voto en 2017 (6,36%) que ahora se ha profundizado con apenas un 1,75%  y ¡¡616.651 votos!! por detrás incluso del PCF. Ha perdido 1.674.637, 4,61 puntos. Una situación que amenaza seriamente con la extinción del partido, que ahora, al quedar por debajo del 5%, ni siquiera cobrará las subvenciones de cara a poder financiar su campaña electoral.

Estos resultados son un completo varapalo para Macron, que tras cinco años de políticas capitalistas salvajes contra la clase trabajadora y de un autoritarismo y represión que nada tiene envidiar de Trump o Bolsonaro, ha sido incapaz de capitalizar el hundimiento de los partidos tradicionales.

Macron ha actuado como un fiel servidor de los grandes monopolios capitalistas franceses, eliminando impuestos a los más ricos, como el ISF, o aprobando una brutal reforma laboral que facilitó la contratación temporal y el despido, abrió la puerta a jornadas laborales de hasta 46 horas semanales o atacó duramente la negociación colectiva. También impulsó una agresiva contrarreforma de las pensiones, que no pudo llevar a término fruto de las huelgas y movilizaciones masivas que paralizaron durante casi tres meses el país. Durante su presidencia, las cifras de pobreza no han dejado de crecer, estando bajo el umbral de la pobreza el 21% de la población.

El quinquenio de Macron ha sido el de la patronal: más miseria para la clase trabajadora y beneficios record para los capitalistas. Una situación que ha terminado minando la institucionalidad burguesa, y la llamada centralidad política representada por el macronismo.

La extrema polarización social acrecienta el peligro de la extrema derecha

El profundo malestar social con Macron y sus políticas, y su plena identificación con los multimillonarios, han dejado espacio para la demagogia nacionalista y racista de la extrema derecha, especialmente entre amplios sectores de las capas medias empobrecidas cada vez más histéricas ante la creciente incertidumbre que les ofrece el capitalismo.

De ahí que el grueso de los votos perdidos por la derecha republicana tradicional haya acabado en manos de Le Pen y de Zemmour, y no de Macron. Ambas formaciones ultraderechistas han obtenido un resultado histórico como hemos señalado. Le Pen logra el 23,15% de los votos (8.136.369); 1,85 puntos y 457.878 votos más. Zemmour, con un discurso aún más ultraderechista, ha irrumpido en estas elecciones con 2.485.935, el 7,07% de los votos, convirtiéndose en la cuarta fuerza política.

Un ascenso de la extrema derecha al que no es ajena la clase dominante, que ha vivido con creciente preocupación la rebelión social contra Macron y sus reformas. Esta preocupación, el descrédito y desgaste de Macron, y el miedo a que Melenchon puede canalizar por la izquierda ese descontento, como ahora se ha confirmado, ha llevado a  la clase dominante y sus medios de comunicación a maniobrar abiertamente para blanquear a Le Pen. La estrategia está clara: si el descredito de Macron continúa aumentando, excepto entre los millonarios y las clases más altas, la posibilidad de colocar a Le Pen como garante de los negocios del gran capital tiene que estar encima de la mesa.

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El profundo malestar social con Macron y sus políticas, y su plena identificación con los multimillonarios, han dejado espacio para la demagogia nacionalista y racista de la extrema derecha.

Por una estrategia no sectaria para construir una izquierda de clase y combativa

Si a los resultados de Unidad Popular, 7.714.949 votos y un 21,95%, que supone un incremento de 2,37 puntos y 654.998 votos respecto a 2017, se suman los del PCF, los del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) Y los de Lucha Obrera (LO), se habrían logrado conjuntamente 8.983.732 votos, es decir, el 25,56%, dos puntos por encima de Le Pen y a tan solo dos puntos de Macron. 

El ascenso de este espacio a la izquierda del PS refleja en primer lugar cómo esta década de grandes batallas no ha pasado en balde, sino que ha estado llena de lecciones para los trabajadores y la juventud. No es ninguna casualidad que Mélenchon haya protagonizado mítines masivos: más de 100.000 asistentes al mitin-manifestación en la plaza de la República en París, 35.000 en la playa del Prado en Marsella o 25.000 en la plaza del Capitolio en Toulouse.

En 2012 el Frente de Izquierdas, liderado por Mélenchon, logró 4 millones de votos, cifra que aumentó hasta los 7 millones en 2017, donde se quedó a 600.000 votos de acceder a una segunda vuelta contra Macron. Ahora se quedo a tan solo 400.000 votos, pero esta vez gracias al PCF, que puso sus intereses burocráticos por encima de cualquier otra consideración.

Al igual que ocurrió en 2017, los resultados de Melenchon en los barrios obreros de las grandes ciudades son impresionantes, y desmienten los análisis de los portavoces de la burguesía y de sectores de la izquierda sobre el “giro a la extrema derecha” en los barrios rojos. Unidad Popular es la fuerza más votada en la región parisina (arrasando en el cinturón rojo de París con más del 60% de voto en algunas circunscripciones), primera fuerza en 6 de las 10 ciudades más grandes del país (Marsella, Toulouse, Nantes, Estrasburgo, Montpellier y Lille) y segunda en otras 3 (París, Lyon y Burdeos). En las cuatro ciudades más grandes del país, Mélenchon avanza entre 7 y 11 puntos porcentuales. Entre la juventud de entre 18 y 24 años es la fuerza más votada con un 34,8% de los votos.[1]

Es evidente que estos datos son un reflejo de la potente lucha de clases que ha vivido Francia en estos últimos años. Desde los estudiantes hasta los "chalecos amarillos" , de los pensionistas a los ferroviarios, los estibadores y muchos otros sectores, no han dejado de enfrentarse en las calles a Macron y sus políticas en beneficio de las elites capitalistas, llegándole a ponerle en numerosas ocasiones contra las cuerdas.

A pesar de estos buenos resultados, que reflejan un enorme potencial, Melenchon y la UP, así como del PCF, han desaprovechado numerosas oportunidades y cometidos importantes errores que habrían podido desalojar a Macron mediante la lucha en las calles. Así ocurrió al comienzo de las protestas de los “chalecos amarillos”, en las movilizaciones contra la reforma de las pensiones, o cuando 2018 Macron dio marcha atrás en su intento de aumentar los impuestos a los carburantes. Melenchon, la Francia Insumisa o el PCF en vez de organizar e impulsar la acción desbordando a los dirigentes sindicales, planteando la convocatoria de una huelga general indefinida o la ocupación de los centros de trabajo hasta que Macron cayese, aceptaron retirarse junto a los cúpulas de la CGT y la CFDT.

Pero nuestras diferencias con Melenchon no justifican una postura sectaria en el terreno electoral. Pedir un voto crítico y apoyar su candidatura explicando el programa revolucionario y socialista que la Unidad Popular debe defender, es la mejor manera de intervenir en un espacio  que agrupa a decenas de miles de luchadores que combaten a Macron y a la extrema derecha. Desechar una táctica de frente único para ganar el oído de miles de activistas, argumentado que las políticas reformistas de los dirigentes son un obstáculo infranqueable, es la mejor forma de construir una secta, pero no un partido revolucionario que tiene confianza en sus fuerzas y argumentos para intervenir en el movimiento de masas. El terreno electoral no es precisamente el más favorable para los comunistas revolucionarios, pero es necesario participar en él con una táctica flexible y manteniendo nuestra completa independencia política. Solo así conectaremos con sectores amplios de la vanguardia de izquierdas.

¡Ni Le Pen ni Macron! Contra la extrema derecha y las políticas capitalistas,  por el socialismo

Según las últimas encuestas, un avance importante de Le Pen en la segunda vuelta, e incluso una posible victoria de la extrema derecha es más posible que nunca. En este caso la pregunta es clara ¿cuál es el camino para enfrentar a la extrema derecha?

Los trabajadores y jóvenes franceses han demostrado en repetidas ocasiones cómo sí están dispuestos a derrotar el programa capitalista de recortes y ataques de Macron, sus políticas autoritarias y represivas, el racismo institucional de sus Gobiernos, y las ideas reaccionarias de Le Pen y Zemmour que, en última instancia, son una continuación acabada de las de Macron.

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Los trabajadores y jóvenes franceses han demostrado en repetidas ocasiones cómo sí están dispuestos a derrotar el programa capitalista de recortes y ataques de Macron, y las ideas reaccionarias de Le Pen y Zemmour.

El problema no ha sido la voluntad de combate los trabajadores y los jóvenes franceses, más que demostrada en estos años, sino los errores de las direcciones reformistas, de Melenchon, del PCF y de las burocracias sindicales, intentando frenar a la extrema derecha no con la movilización social en las calles, sino a través del parlamentarismo y la institucionalidad burguesa. Durante todos estos años, siempre que la clase obrera ha puesto su sello en los acontecimientos mediante la lucha de masas, la extrema derecha ha desaparecido de la escena. ¡Contra Macron, contra Le Pen o contra Zemmour el único camino es la movilización y la defensa de  una política socialista consecuente!  

Francia ha vuelto a demostrar cuál es la tarea más importante de este momento: construir una izquierda de clase, anticapitalista e internacionalista, no una izquierda que adopte el lenguaje de la derecha sobre la soberanía nacional o que defienda la gastronomía francesa, como ha hecho la dirección del PCF que ahora corre a pedir el voto para Macron. La realidad es que Macron, frente a lo que algunos señalan, no supone ningún “cordón sanitario” frente a la ultraderecha. Más bien al revés, sus políticas, racistas y represivas, han asfaltado el terreno a la reacción, y lo seguirán haciendo.

Tanto a Macron como a la ultraderecha de Le Pen y Zemmour, que coinciden en su defensa de los intereses del gran capital francés, solo se les vencerá mediante la acción contundente y organizada de la clase obrera. La fuerza y el potencial demostrado por Melenchon y la UP en estas elecciones ahora debe organizarse, pero para dar la batalla en los centros de trabajo y en los centros de estudio, organizando una rebelión social sin concesiones con un programa socialista que acabe con el capitalismo, sus guerras y la barbarie a las que nos condena.

 

[1] Macron, sin embargo, solo ha sido la fuerza más votada entre los mayores de 65 años.


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