Los días 23 y 24 de mayo se celebró la primera vuelta de las elecciones presidenciales egipcias. Si hemos de creer los resultados oficiales, pasan a la segunda vuelta el candidato de los Hermanos Musulmanes (Mohamed Mursi), y el último primer ministro de Mubarak (Ahmed Shafik), con porcentajes del 25 y 24%, respectivamente, con respecto al total de votos válidos.

Más sorpresiva aún fue la tercera posición alcanzada por el naserista Hamdeen Sabahi, que no aparecía en las quinielas electorales; obtuvo el 21% del voto válido. Mientras, Abdel Monem Abul-Fotú (islamista escindido de los Hermanos) sacó el 17%, y Amr Mussa, probablemente el preferido por el imperialismo USA y europeo, un escaso 11%.
La vuelta del mubarakismo por la puerta de atrás, a través de Shafik, ha provocado inmediatamente una reacción. A las pocas horas de la proclamación oficial de los resultados, su sede central fue asaltada. Shafik ha recogido el voto de capas medias presas de la demagogia oficial sobre “los excesos de la Revolución”, “la inseguridad ciudadana”, “la caída de la economía por las huelgas”, etc. Pero, muy al contrario de su propaganda, el efecto de su éxito electoral puede ser estimular la movilización de las masas revolucionarias, que correctamente ven en peligro la Revolución. Por su parte,  el voto islamista es de extracción, fundamentalmente, popular; una mezcla confusa de odio al Estado militar que les ha oprimido, recelo y desconfianza hacia la revolución —y especialmente hacia la clase obrera—, y aferramiento a las costumbres religiosas y más tradicionales ante la brutalidad del imperialismo y del capitalismo.
Para millones de egipcios, la disyuntiva ante la segunda vuelta electoral (el 16 y 17 de junio), entre Shafik y  Mursi, es un imposible: “Volvemos a estar en la casilla de salida, cuando teníamos que escoger entre el régimen de Mubarak o los Hermanos Musulmanes. Esto es una pesadilla’, decía con la mirada perdida Bassem, un activista político de 34 años. Su desasosiego es compartido por la totalidad de la juventud revolucionaria que lideró la rebelión” (El País, versión digital, 27/05/12). El enfrentamiento entre militares —que son los que están detrás de Shafik— y la burocracia islamista es real, los dos sectores quieren monopolizar el control político dentro del capitalismo, ser los socios de los imperialistas; a la vez, les une su enemistad hacia la Revolución.
En todo caso, ningún candidato ha arrasado precisamente. Además de los 400.000 votos nulos o en blanco, la abstención de los votantes registrados ha sido de un espectacular 54%. Eso sin contar los que no se registran. Por tanto, los dos candidatos islamistas (Mursi y Abul-Fotú), en conjunto, no llegan al 20% del voto de los inscritos en el censo electoral, y Shafik no pasa del 12%.
Por otra parte, ha habido denuncias de fraudes de todo tipo: muertos con derecho a voto, compra de sufragios, prohibición a interventores de estar presentes en recuentos de mesas… Pero lo más grave ha sido la prohibición de candidatos. Uno de ellos es Khaled Alí, conocido abogado laboralista, que ganó varias causas sonadas durante la dictadura de Mubarak (los jueces aprobaron la renacionalización de trece empresas privatizadas, así como la subida del salario mínimo). Alí tiene una gran reputación por su defensa legal de sindicatos independientes y de los derechos laborales.

El naserismo, en tercera posición

Hamdeen Sabahi, dirigente de Karama (Dignidad), partido naserista, ha recogido la mayor parte de los votos que buscan una alternativa a los militares y a los islamistas. Sabahi no ha reconocido los resultados electorales, no se puede descartar que los 700.000 votos de diferencia con Shafik no sean reales, ya que la cúpula militar no puede aceptar que un candidato vinculado a la izquierda o al naserismo, que pueda ser visto por las masas como un referente para avanzar en la Revolución, pase a la segunda vuelta.
Sin embargo, el programa de Karami no va más allá de referencias genéricas a la justicia social, las libertades democráticas, etc. Sabahi ha declarado que su objetivo es un régimen de capitalismo de Estado, donde el sector privado y público cooperen para garantizar plenos derechos sociales. Este programa socialdemócrata ha fracasado en Europa, ya que cualquier intento de conciliar con los capitalistas agudiza aún más su determinación a arrebatar las conquistas del pasado; luego, ¿cómo puede triunfar en un país dominado por el imperialismo, en esta época de aumento de la opresión imperialista? Este carácter conciliador ha llevado a Karami a presentarse en coalición con el Partido de la Justicia y la Democracia (el de los Hermanos Musulmanes), en las legislativas de este invierno, y por tanto a colaborar con la mayoría islamista (de hecho, Sabahi se ha mostrado partidario de mantener el estatus legal de Egipto como Estado islámico).
Supuestamente, estas elecciones son el anticipo de la retirada de los militares a los cuarteles, a partir del 30 de junio. Sin embargo, es imposible que la cúpula castrense renuncie voluntariamente a su inmenso poder (se calcula que domina un tercio de la economía). Las presiones para que la futura Constitución (que está en actual discusión) recoja sus privilegios son intensas. Se da la circunstancia de que se está eligiendo un presidente de la República que no tiene prerrogativas todavía definidas, y que podría ser una figura decorativa frente al auténtico poder (poder que fundamentalmente militares y capitalistas detentan, y en el que los dirigentes islamistas quieren integrarse).
Lo más probable en la segunda vuelta es la victoria de Mursi. En caso contrario, el retorno del mubarakismo más abierto a la presidencia podría ser vista como una provocación para las masas revolucionarias. Shafik juega con fuego: cada pequeño avance de la reacción puede despertar la energía revolucionaria del pueblo egipcio.
Veamos un indicativo de esto. Cientos de personas, entre ellos 86 detenidos y Khaled Alí, iniciaron el 21 de mayo una huelga de hambre para exigir la liberación de 256 manifestantes presos, o al menos que sean juzgados por tribunales civiles, y no militares. Estos detenidos son los que permanecen en prisión, de los 350 detenidos en su momento. El contexto es el de las manifestaciones, entre el 27 de abril y el 3 de mayo, contra la proscripción de candidatos y por la retirada inmediata de los militares. Los manifestantes fueron atacados por baltasiya (matones del régimen) y luego por el Ejército, que asesinaron a once personas.
Mientras tanto, el movimiento obrero sigue desentumeciendo los músculos. A pesar de la represión, 1.600.000 trabajadores se han adherido a los cien sindicatos independientes. Y están inmersos en la escuela de una intensa lucha de clases. Kamal Said, coordinador del Centro de Fomento de los Sindicatos y Trabajadores, condenado a seis meses de cárcel, dice: “El movimiento obrero todavía no puede entender que es el régimen político capitalista el que debe ser cambiado”; sin embargo, la represión, la lucha, son grandes maestras, muchos trabajadores chocan en su experiencia con el régimen burgués y el sistema económico que lo sustenta, y buscan a tientas una alternativa. La tarea de cada trabajador consciente es intentar agrupar a los sectores más avanzados, desde dentro de los sindicatos independientes, bajo la bandera del socialismo genuino.


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