En las últimas semanas miles de mujeres hemos tomado las calles para denunciar la violación que cuatro policías de la Ciudad de México perpetraron contra una joven de 17 años. Este último crimen fue la gota que colmó el vaso. Durante 2018 en México fueron asesinadas 3.663 mujeres y hubo 71.000 violaciones.

La violencia se ha incrementado y se ha ensañado con las mujeres en los últimos años especialmente con las mujeres humildes, que pasan largo tiempo en el trabajo o la escuela, saliendo muy temprano y regresando tarde en transporte público a sus barrios pobres y degradados. De hecho, el 66% de las que tenemos más de 15 años hemos sufrido algún tipo de agresión, 4,4 millones de niñas fueron víctimas de abuso sexual, 670.000 mujeres han sufrido algún acto de violencia por parte de un miembro de la policía o el ejército y 1,5 millones sufrieron malos tratos en su hogar. 2019 está siendo igual de terrorífico, ya se han reportado 2.173 asesinatos de mujeres.

En este contexto se convocaron las jornadas de lucha del 12 y el 16 de agosto, mostrando que no dejaremos caer en el olvido a las miles de mujeres que nunca volverán a casa. Las dos grandes manifestaciones que se celebraron desbordaban furia e indignación, no solo contra los agresores sino contra el Estado mexicano que los ampara. Mucha de esta rabia y frustración se descargó contra varias estaciones de metrobús, la comisaría de policía, algunos vehículos, las puertas de la Procuraduría General de Justicia, dejando una profunda huella en el histórico monumento a la Independencia.

El sistema es responsable

Algunos sectores intentan explicar estos crímenes desde un punto de vista individual, debido a la perversidad, la locura o incluso la genética de quienes los cometen. Por nuestra parte, además de exigir la persecución y el castigo de cada violador, asesino y maltratador, no olvidamos que es el capitalismo quien alimenta conscientemente la violencia contra nosotras, y que es también este sistema el que deja impune las agresiones machistas con el objetivo de conseguir que la mitad de la población, es decir, las mujeres de la clase trabajadora, estemos paralizadas por el miedo.

Son sus medios de comunicación los que propagan la cosificación del cuerpo de la mujer, convirtiendo las relaciones sexuales en una mercancía más que puedes pagar o tomar por la fuerza. Son sus políticas las que aumentan la degradación social, el desempleo y la precariedad laboral, mientras nos niegan una educación digna y un ocio saludable.

La responsabilidad de este sistema queda al desnudo en el machismo presente en todas las instituciones de Gobierno, especialmente en aquellas que supuestamente deberían perseguir estos delitos o las que monopolizan el uso de la violencia estatal: el sistema de justicia, la policía y las fuerzas armadas. A modo de ejemplo tenemos las violaciones de las mujeres que luchaban contra la construcción del Aeropuerto de Texcoco en Atenco tras la entrada de la Policía Federal para reprimir las protestas.

Somos las mujeres de familias con pocos medios económicos las que corremos el mayor peligro porque su justicia es incapaz, negligente y corrupta, y no realiza su trabajo si no cuentas con abogado privado o das dinero a cambio de que realicen el protocolo establecido en las leyes.

No es casual tampoco el fracaso de diferentes iniciativas legislativas que a pesar de su carácter progresista no han significado ningún cambio, porque nada ha cambiado en la vida real. Tal es el caso de las Alertas de Violencia de Género implementadas en 17 estados. Uno de ellos es Veracruz, donde se declaró en 2016 y en lo que va de año se reportan 114 feminicidios, la mayor cifra de todo el país.

Mientras esta pesadilla inunda nuestra vida día tras día, hay algunas mujeres, como la fiscal de delitos sexuales, que afirman sentirse seguras y protegidas. No lo dudamos, muchas representantes en las instituciones, grandes empresarias e hijas de familias poderosas no sienten lo mismo que nosotras porque no viven en nuestro mundo, gozan de escoltas, seguridad privada y autos de lujo, y no toman el transporte público ni regresan solas y a pie a sus casas.

La lucha es el único camino

Este sector social minoritario y privilegiado lejos de alzar su voz por las violaciones policiales, se indigna por los destrozos de las manifestaciones. Desde su punto de vista la seguridad de un automóvil está por encima de la integridad física, sexual y sicológica de una mujer del pueblo. Tampoco acertó la jefa de gobierno de Morena, Claudia Sheinbaum, para quien lo más destacado fue la presencia de infiltrados tratando de desestabilizar su Gobierno, y no el legítimo hartazgo y desesperación de las manifestantes.

Ante la gravedad de la situación no basta con leyes escritas en papel o vacías declaraciones de alertas de género. Nosotras mismas debemos ser las protagonistas de nuestra liberación. Necesitamos aumentar nuestra organización, mantener viva la protesta y ganar el apoyo de nuestras familias y compañeros, de todos aquellos dispuestos a luchar contra la opresión. Ninguna agresión sin respuesta. Ese es el objetivo de Libres y Combativas en México, organización hermana de Libres y Combativas en el Estado español.

Desde diciembre de 2018, cuando una de nuestras compañeras sufrió un asalto y violación después de coger un taxi a la salida del metro, estamos realizando una campaña exigiendo justicia. Gracias a esta actividad hemos encontrado más casos que solo se pueden explicar por años de omisiones y negligencias del sistema judicial, incapaz de resolverlos y dar castigo ejemplar a los agresores.

El 13 de agosto realizamos un mitin dentro de la misma estación donde se han producido estas agresiones. Este es ya el tercer acto público que realizamos en busca de justicia para nuestras compañeras. No podrán parar el feminismo revolucionario y anticapitalista.

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