El sábado 29 de noviembre Donald Trump decretaba el cierre del espacio aéreo de Venezuela. Inmediatamente varias de las principales aerolíneas internacionales suspendían sus vuelos de pasajeros y transporte de mercancías, contando con el beneplácito de los Gobiernos capitalistas europeos. La medida representa en sí misma una agresión imperialista que viola la soberanía nacional venezolana y eleva hasta un punto crítico los ataques del presidente ultraderechista de EEUU.

La ofensiva empezó el 20 de agosto con el despliegue en el Mar Caribe, frente a las costas venezolanas, de varios buques de guerra, incluyendo portaaviones y submarinos nucleares. Desde entonces  los efectivos militares movilizados han pasado de 4.500 a más de 15.000, incluyendo el Gerald Ford, el barco de guerra más grande del mundo, en cuyo interior viajan más de 4.000 marines.

Según la propia Casa Blanca, el ejército estadounidense ha destruido ya 17 lanchas venezolanas, colombianas y de la vecina  Trinidad y Tobago, asesinando a más de 66 personas. Asociaciones de derechos humanos y los Gobiernos venezolano y colombiano elevan este número a más de 20 lanchas y 83 muertos. En su inmensa mayoría se trata de pescadores totalmente indefensos ejecutados extrajudicialmente, acusados de vínculos con al narcotráfico sin ningún tipo de pruebas. Sus familias denuncian escenas aterradoras de restos mortales llegando a las playas mientras Trump bromea y celebra cada uno de estos crímenes como una victoria.

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Trump ha decretado el cierre del espacio aéreo de Venezuela. La medida representa en sí misma una agresión imperialista que viola la soberanía nacional venezolana y eleva hasta un punto crítico los ataques del presidente ultraderechista de EEUU. 

La “lucha contra el narco”, excusa para otra agresión imperialista

Mientras anunciaba su decisión de cerrar el tráfico aéreo venezolano, Trump reconocía haber dado a la CIA la orden de ejecutar operaciones encubiertas en suelo venezolano, y amenazaba con trasladar estos ataques marítimos a tierra y bombardear territorios fronterizos entre Colombia y Venezuela. La cortina de humo para justificar toda esta salvajada es acusar sin ninguna prueba al presidente Nicolás Maduro de liderar el supuesto Cartel de los Soles, cuya existencia niegan todos los investigadores serios.

Los propios informes de la DEA muestran la falsedad de estas acusaciones. La ruta del fentanilo y el 80% de la cocaína hacia EEUU no pasan por Venezuela sino por el Pacífico, desde países con Gobiernos aliados de Trump como Perú y Ecuador. Washington ha sido señalado durante décadas como cómplice y protector del narco, utilizando a los carteles y sus bandas paramilitares para combatir a la izquierda y los movimientos revolucionarios del continente.

Desde la financiación de la Contra para sabotear la revolución sandinista, con dinero proveniente de la venta de crack, la CIA y sus peones de la ultraderecha latinoamericana tienen un largo historial en la colaboración con los grandes capos y organizaciones del narcotráfico, claves en el sostenimiento del paramilitarismo en Colombia y cuyas redes se extienden al aparato policial, militar y judicial de este país y a reconocidos representantes de la clase dominante, como ha quedado probado en el juicio contra el expresidente colombiano y reconocido trumpista Álvaro Uribe.

Aunque hay centenares de denuncias, e incluso sentencias firmes, vinculando a diferentes bancos estadounidenses con la financiación y blanqueo de capitales del narco, ninguno de sus directivos ha sido encarcelado. La absoluta impudicia de esta estrategia política se comprobó el mismo 28 de noviembre. Mientras amenaza a Venezuela, Trump anunció el indulto a José Orlando Hernández, expresidente hondureño fundador del ultraderechista Partido Nacional. Este individuo está  condenado a 45 años de prisión en EEUU por liderar uno de los principales carteles centroamericanos de la droga, además de ser inductor de la represión sangrienta contra cientos de activistas de izquierda.

Todo este cínico montaje solo busca desviar la atención de los verdaderos objetivos de Trump: recuperar áreas de influencia y posiciones para el imperialismo estadounidense y sus multinacionales en una zona que consideran su patio trasero y donde han actuado con total impunidad durante décadas, organizando golpes de Estado e imponiendo regímenes dictatoriales que han costado centenares de miles de vidas.

Como explicamos en otros artículos, EEUU ha visto amenazada su supremacía en el continente por el ascenso fulgurante de China, principal socio comercial del conjunto de Suramérica y que ha desplazado a EEUU en países claves, empezando por la principal economía continental, Brasil, y siguiendo por Chile e incluso Perú o Argentina, cuyos Gobiernos son aliados de Washington pero mantienen acuerdos comerciales importantes con Beijing.

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Washington ha sido señalado como cómplice de los carteles y sus bandas paramilitares utilizándolos para combatir a la izquierda del continente. Con esta maniobra el imperialismo estadounidense y sus multinacionales buscan recuperar posiciones en América latina. 

Venezuela, pieza clave en el “juego imperialista”

Venezuela cuenta con las reservas comprobadas de petróleo más importantes del planeta, posee importantes yacimientos de oro y otros minerales, y recursos acuíferos abundantes. Además, el régimen de Maduro es el aliado político y económico regional más sólido de China y Rusia. El petróleo venezolano, que durante un siglo tuvo EEUU como principal destino, va hoy en un 85% a China. Rusia es su principal proveedor militar. Las empresas chinas, rusas e iraníes también han ido ganando cada vez más cuota de mercado a las estadounidenses.

Trump quiere recuperar poder e influencia en Venezuela y el conjunto de Latinoamérica y enviar un mensaje al mundo: antes de perder la supremacía, están dispuestos a sembrar la guerra y la barbarie. Lo han dejado muy claro con su respaldo al genocidio sionista en Gaza.

Un primer objetivo para doblegar al régimen de Maduro es estrangular aún más la ya golpeada economía venezolana, que soporta sanciones desde el Gobierno de Obama, sembrando un clima de incertidumbre y pánico entre la población que abra una brecha en la cúpula militar. Pero el alto Estado Mayor del ejército, de la armada y la fuerza aérea de momento cierra filas con Maduro y su política de estrechar relaciones con China y Rusia. También es evidente que su marioneta venezolana, la ultraderechista María Corina Machado, tampoco ha conseguido levantar un movimiento masivo de oposición en las calles.

El apoyo de Beijing y Moscú ha sido clave para que los militares hayan sostenido a Maduro frente a todas las acometidas estadounidenses: la cúpula militar participa directamente en muchas empresas mixtas creadas por el Estado con los capitalistas chinos y rusos.

Pero hay más factores que refuerzan está alianza. Una parte importante del empresariado venezolano, no solo la “boliburguesía” surgida de la burocracia del Estado, también la burguesía tradicional que odiaba a muerte a Hugo Chávez y organizó todo tipo de sabotajes e intentos de asesinarle, están haciendo buenos negocios con las políticas capitalistas del régimen madurista y sus acuerdos con Xi y Putin.

Trump está forzando la maquinaria bélica para romper estos lazos. No puede permitirse que esta alianza económica y política se consolide sin más, en un país decisivo para sus aspiraciones imperialistas. Por eso apuesta por combinar las amenazas militares cada vez más directas con referencias genéricas al “diálogo”. Pero hasta ahora no ha conseguido abrir (al menos públicamente) una brecha dentro del régimen madurista, que ha respondido con la movilización de varias decenas de miles de soldados y reservistas y advertencias de poner a todo el país en pie de guerra, con concesiones verbales hacia algunas de las exigencias de Trump.

Tras las primeras amenazas de Trump, en febrero, Maduro liberó a varios golpistas venezolanos y agentes de los servicios secretos estadounidenses implicados en acciones terroristas que costaron decenas de vidas. También aceptó imposiciones respecto a los migrantes venezolanos deportados y concedió la explotación de algunos de los yacimientos petroleros más rentables a la multinacional estadounidense Chevron. Pero nada de esto ha calmado a la Administración estadounidense.

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El apoyo de Beijing y Moscú ha sido clave para que los militares hayan sostenido a Maduro: la cúpula militar participa directamente en muchas empresas mixtas creadas por el Estado con los capitalistas chinos y rusos. 

Tambores de guerra

Esta misma semana la flota de guerra enviada por Trump impedía la llegada a costas venezolanas de un carguero ruso con nafta, necesaria para transformar el petróleo venezolano en gasolina y mantener el abastecimiento de combustible. Finalmente, la nafta fue vendida por la empresa estadounidense Chevron.

La posibilidad de que Trump pudiese conformarse con concesiones de este tipo no está nada claro. La situación es muy volátil y está decidido a enseñar su puño. Los avances que su Administración ha logrado con Noboa en Ecuador, con Milei en Argentina, la victoria derechista en Bolivia y el posible triunfo de la extrema derecha en las presidenciales de Chile le están envalentonando.

Las presiones para profundizar la ofensiva militar y forzar un cambio de régimen en Venezuela, que representaría un triunfo político muy importante para el trumpismo, son poderosas. Mucho más después de haberse visto obligados a reconocer su derrota en Ucrania pero conseguir imponer la ocupación colonial y el genocidio contra el pueblo palestino con la farsa del plan de paz, y que China y Rusia lo hayan aceptado con su abstención en la votación del Consejo de Seguridad de la ONU. 

La actuación de Xi y Putin es un factor clave en la ecuación. Hasta ahora han hecho declaraciones rechazando las amenazas de Trump, y Putin ratificaba el acuerdo de asociación militar estratégica con Caracas. Pero no han dejado claro en qué se concretaría su apoyo ni hasta dónde llegaría.  

La posibilidad de que pudieran aceptar un retroceso temporal en Venezuela para centrarse en consolidar su victoria en Ucrania y sus posiciones en Asia y África, como hicieron con Assad en Siria, tampoco es descartable, más teniendo en cuenta que conservan posiciones económicas importantes con otros países latinoamericanos. Aunque es obvio que sería un golpe a su prestigio y reforzaría a Trump, para Xi y Putin no es cuestión de principios sino de qué consideran más oportuno y rentable en cada momento para sus intereses imperialistas. Lo han demostrado con su pasividad ante el holocausto palestino.

Derrotar la agresión imperialista contra Venezuela

Esta agresión de EEUU contra Venezuela ha llegado mucho más lejos que las anteriores. Todas las opciones permanecen abiertas, incluida la de un ataque militar sangriento. El trumpismo y el imperialismo estadounidense han demostrado ser capaces de los crímenes más horrendos y las mayores violaciones de los derechos humanos y la soberanía de los pueblos.

Al mismo tiempo, la apuesta por la guerra también tiene riesgos importantes. El rechazo a las políticas capitalistas de Maduro y su represión contra el sindicalismo combativo y la izquierda crítica hacen que hasta el momento no se hayan producido ni dentro ni fuera de Venezuela movilizaciones multitudinarias contra el imperialismo estadounidense como las que veíamos en la época de Chávez. Pero esto cambiaría radicalmente con las imágenes de bombas o drones atacando territorio venezolano. No digamos con un ataque directo con tropas, algo que EEUU no se ha atrevido a hacer desde su derrota en Afganistán.

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El pueblo venezolano no puede confiar en los imperialistas chinos o rusos ni en el régimen burocrático y capitalista de Maduro, sino en la movilización masiva internacionalista contra el imperialismo, el trumpismo y sus aliados de la ultraderecha global. 

El levantamiento internacional contra el genocidio sionista también fue contra el trumpismo, la ultraderecha y la hipocresía de las instituciones capitalistas. Un ataque miliar a Venezuela produciría una reacción masiva. En estos momentos, el 70% de la población estadounidense rechaza, según una encuesta reciente de la CBS, las amenazas de Trump y la posibilidad de una intervención militar.

La esperanza para el pueblo venezolano no está en confiar en los imperialistas chinos o rusos ni en las políticas del régimen burocrático y capitalista de Maduro, sino en la movilización masiva en las calles contra el imperialismo, el militarismo y la amenaza mortal que representan el trumpismo y sus aliados de la ultraderecha global. Esta movilización de masas, incluyendo la defensa militar de la soberanía venezolana contra la agresión yanqui, debe ir unida a la construcción de una izquierda revolucionaria y a una perspectiva internacionalista clara: la lucha por la revolución socialista en Venezuela y América Latina.

¡Fuera las manos criminales de Trump y el imperialismo yanqui de Venezuela!

¡Por un movimiento internacional de masas para derrotarles!

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