La catástrofe ecológica no se detiene. Los pavorosos incendios que arrasan Grecia, Turquía, Túnez o el norte de California, el deshielo de Groenlandia, las lluvias torrenciales en China o las inundaciones en Alemania y Bélgica no son plagas divinas. Son el resultado directo de la actuación destructiva del modo de producción capitalista sobre la naturaleza, y de la connivencia de los Gobiernos serviles.

El dominio de la economía mundial por un puñado de grandes monopolios, ya sea en la actividad minera, petrolera, gasista o agro alimentaria, coloca el máximo lucro siempre por encima de las necesidades humanas y medioambientales.

No hay salida a esta barbarie bajo el orden actual. Las cumbres climáticas han fracasado y se han convertido en un escaparate para que las empresas más contaminantes se laven la cara ante la opinión pública. El capitalismo verde es una completa farsa pero ayuda a aumentar la tasa de benéfico de estos poderes económicos que además reciben jugosas subvenciones públicas.

La lucha por la supervivencia ecológica es también la lucha por el socialismo, por establecer un régimen social y económico basado en una planificación democrática y respetuosa con la naturaleza de las fuerzas productivas.

Desde Izquierda Revolucionaria y el Sindicato de Estudiantes estamos firmemente comprometidos con esta causa a vida o muerte. Y para comprender mejor a que nos enfrentamos, y cuál debe ser nuestro programa de acción, os dejamos con un extenso, meditado y reflexivo trabajo de Víctor Taibo sobre esta cuestión decisiva.

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Por un ecologismo revolucionario y anticapitalista. El cambio climático y la lucha por el socialismo

Víctor Taibo Gómez-Limón

Se nos recuerda así a cada paso que en modo alguno dominamos la naturaleza como domina un conquistador a un pueblo extraño, como alguien que estuviese fuera de la naturaleza; sino que, con nuestra carne, sangre y cerebro pertenecemos a la naturaleza, existimos en medio de ella, y toda nuestra supremacía consiste en el hecho de que tenemos la ventaja, respecto a todas las demás criaturas, de ser capaces de aprender sus leyes y aplicarlas correctamente.

Friedrich Engels[1]

El cambio climático se ha convertido en una realidad que amenaza el futuro de la vida en el planeta. A pesar de las abrumadoras pruebas científicas, la situación no solo no ha mejorado sino que nos encontramos en el peor de los escenarios posibles, y los datos de esta degradación medioambiental se suceden confirmando las ­previsiones más catastróficas.

El aumento de la temperatura por las emisiones de gases de efecto invernadero es superior a lo previsto, habiéndose alcanzado un nuevo récord de concentración de CO2 en la atmósfera en el año 2018 sin precedentes desde hace tres millones de años, y sin que se haya logrado cumplir ni uno solo de los objetivos de reducción acordados en las distintas cumbres climáticas.

El derretimiento de los polos se acelera hasta el punto de que los expertos climáticos de la ONU ya han confirmado que la subida del nivel del mar es imparable, amenazando a una gran parte de la población mundial que vive en ciudades costeras. Lo mismo ocurre con el retroceso de los principales glaciares montañosos, en los Andes o en el Himalaya, poniendo en peligro el suministro de agua para el consumo y la agricultura de 2.000 millones de personas. Decenas de especies de animales y plantas han desaparecido y muchas otras van en camino de hacerlo, en lo que ya se conoce como “la sexta gran extinción”.

Todos los ecosistemas, algunos tan esenciales para la vida como las selvas tropicales, se encuentran contaminados y degradados, mientras avanza la desertificación y la pérdida de tierras fértiles. El aumento de las temperaturas incrementa el riesgo de incendios e impulsa dicha desertificación en un ciclo que se retroalimenta. Esta situación, si no se revierte, implicará que el 80% del territorio del Estado español se convertirá en desierto a finales de este siglo.

El ejemplo de los masivos y virulentos incendios que han asolado el sureste de Australia ha puesto encima de la mesa lo lejos que se ha llegado. Se han quemado más de diez millones de hectáreas, una superficie superior a la de Andalucía, y han muerto mil millones de animales, entre ellos un tercio de la población de koalas. Miles de viviendas han sido arrasadas, casi treinta personas han muerto y más de 300.000 han sido evacuadas. También se han destruido ecosistemas únicos, como el de la Isla Canguro que se ha quemado en una tercera parte. Camberra se ha transformado en la ciudad más contaminada del mundo, con 5.000 microgramos de partículas tóxicas por metro cúbico de aire (más allá de 200 microgramos es nocivo para la salud).

Los océanos se mueren fruto de la acidificación[2] por absorción de CO2, acelerando la desaparición del plancton, los corales y de gran parte de la fauna marina.[3] Esto, junto a la sobreexplotación de la industria pesquera, puede llevar al colapso de los hábitats marinos para el año 2050 según diversos estudios científicos. Incluso se ha determinado que hemos entrado ya en una nueva era geológica, el antropocentro, fruto de la huella ecológica dejada por la civilización industrial durante los últimos doscientos años.

La paradoja actual es que los avances científicos no solo nos permiten conocer con exactitud qué está pasando y cómo está pasando, sino también contar con los conocimientos, la técnica y los medios para poder frenar esta hecatombe. Algo que nos da una enorme ventaja respecto a otros períodos históricos, cuando el ser humano estaba sometido a los dictados de la naturaleza, ciego ante sus leyes y sus procesos.

El fracaso de las cumbres por el clima

Los cambios en el medio ambiente no son exclusivos de nuestra época. Fenómenos como la desertificación, la degradación de la tierra, la tala masiva de bosques, o la contaminación por la extracción de minerales, los encontramos desde la aparición de las primeras civilizaciones. Como efecto de la acción del hombre sobre la naturaleza se han producido migraciones masivas en busca de nuevos recursos tras agotarlos en una determinada región, e incluso el colapso o la decadencia de civilizaciones enteras. Así lo señalaba el propio Engels en Dialéctica de la Naturaleza:

“Quienes desmontaron los bosques de Mesopotamia, Grecia, el Asia Menor y otras regiones para obtener tierras roturables no soñaban con que, al hacerlo, echaban las bases para el estado de desolación en que actual­mente se hallan dichos países, ya que, al talar los ­bosques, acababan con los centros de condensación y almacena­miento de la humedad. Los italianos de los Alpes que destrozaron en la vertiente meridional los bosques de pinos tan bien cuidados en la vertiente septentrional no sospechaban que, con ello, mataban de raíz la industria lechera en sus valles, y aún menos podían sospechar que, al proceder así, privaban a sus arroyos de montaña de agua durante la mayor parte del año, para que en la época de lluvias se precipitasen sobre la llanura convertidos en turbulentos ríos”.[4]

Tal y como explicaron Marx y Engels en La ideología alemana, “los seres humanos mismos empiezan a distinguirse de los animales tan pronto como producen sus medios de subsistencia” y, al hacerlo, “producen indirectamente su vida material”. Este hecho marca la relación de los seres humanos con la naturaleza, ya que “lo que son coincide, en consecuencia, con su producción, con lo que producen y con cómo lo producen”.[5] El ser humano existe transformando permanentemente la naturaleza que le rodea de cara a producir su propia existencia.

Aunque el desarrollo de la ciencia nos permite comprender en detalle los procesos que se dan en la naturaleza y el efecto de nuestra acción sobre la misma, el sistema capitalista y sus leyes impiden establecer una planificación racional y sostenible sobre la producción de mercancías, los transportes y la energía. El conjunto de la economía mundial gira en torno a un solo principio: la maximización de los beneficios privados —especialmente del gran capital financiero que domina la industria y la agricultura a gran escala— cualquiera que sea su coste ecológico y humano.

Por supuesto, esto no es el resultado de una maldición bíblica o de la inclinación de la humanidad por destruir la naturaleza, sino del desarrollo del modo de producción capitalista en su fase de decadencia imperialista. Tal y como señalaba Engels, “los capitalistas producen o cambian con el único fin de obtener beneficios inmediatos (…) Cuando un industrial o un comerciante vende la mercancía producida o comprada por él y obtiene la ganancia habitual, se da por satisfecho y no le interesa lo más mínimo lo que pueda ocurrir después con esa mercancía y su comprador. Igual ocurre con las consecuencias naturales de esas mismas acciones”.[6]

La negativa a ir a la raíz del problema es lo que está detrás del fracaso de todos los encuentros, conferencias y cumbres climáticas que se han celebrado desde hace más de tres décadas. En la Cumbre de Río (1992), y luego en la de Kioto (1997), se establecieron planes para comenzar a frenar la emisión de gases de efecto invernadero. Sin embargo, en 2013 dichas emisiones se habían incrementado un 61% respecto a 1990. Durante los últimos treinta años, cuando comenzaron las cumbres climáticas, se han lanzado a la atmósfera el 50% de todas las emisiones de CO2 desde el inicio de la era industrial en 1750, y solo en los últimos siete años, el 10%. Tras la Cumbre de París en 2015, que en los medios de comunicación se presentó como un paso histórico, en 2017 y 2018 se ha registrado el mayor incremento de las emisiones de CO2 de la historia.

Los propios objetivos de la Cumbre de París, como en otras anteriores, estaban condicionados a los planes que voluntariamente cada país propondría a posteriori. Tras la presentación de los mismos, el resultado es un aumento crítico de la temperatura de entre 3 y 3,5º. A pesar de que EEUU se ha retirado finalmente del acuerdo de París de la mano de Trump, la ONU ya ha señalado en un informe de 2018 que menos de una tercera parte de los países firmantes están en camino de limitar sus emisiones siguiendo los objetivos fijados. Incluso esas modestas metas requerirían medidas drásticas y contundentes, empezando por la reducción de las emisiones en un 40% antes de 2021. Al ritmo actual, el Banco Mundial prevé un incremento de las temperaturas de cuatro grados para finales de siglo, lo que supondría un auténtico apocalipsis medioambiental.

Si la situación es tan crítica, ¿por qué la reacción de los Gobiernos, las instituciones y las grandes empresas capitalistas es tan negativa? ¿Acaso el destino del planeta no nos afecta a todos, incluso a las élites? ¿Es que se niegan a escuchar a la comunidad científica? No, esa no es la cuestión. Saben muy bien la magnitud del problema desde hace mucho tiempo, incluido Trump y Bolsonaro. Si el Gobierno norteamericano se ha retirado del acuerdo de París, no es porque no sepa que el cambio climático es una realidad, sino porque quiere que las multinacionales de su país sean más competitivas. Es una dinámica impuesta por la lógica del capitalismo.

El Departamento de Defensa de los EEUU y el Ejército son plenamente conscientes de la realidad del cambio climático, como señalan en un informe de 2019, ya bajo la Administración Trump. En él se afirma que en base a las pruebas disponibles “ya se han producido cambios significativos en el clima, que probablemente empeorarán en los próximos años”. Otro memorándum de 2015 señalaba que el “cambio climático es una amenaza creciente y urgente para nuestra seguridad nacional, contribuyendo a incrementar los desastres naturales, la corrientes de refugiados y los conflictos sobre recursos básicos como la comida y el agua”.[7] Todos los documentos estratégicos del Gobierno norteamericano desde 2007, incluido el de Estrategia de Seguridad Nacional[8] elaborado durante el mandato de Trump, reconocen la realidad del cambio climático y la importancia de sus efectos.

Otro ejemplo de lo que decimos lo ilustra la actuación de Exxon Mobil, la cuarta mayor petrolera del planeta, que ya hace cuarenta años, en 1979, conocía con precisión las consecuencias de la emisión de combustibles fósiles. A finales de los 70 sus estudios señalaron que, al ritmo de producción existente en aquel momento, se llegaría en el año 2010 a una concentración de CO2 en la atmósfera de 400 partes por millón. En 2019 se alcanzó oficialmente la cifra de 415 partes por millón. A pesar de todo, Exxon, igual que otras multinacionales petroleras, decidió conscientemente ocultar dichos estudios, e invertir miles de millones en campañas negando su responsabilidad y la de la industria petrolera en el calentamiento global.[9]

La farsa de estas cumbres y cómo son dominadas y manipuladas por las grandes multinacionales capitalistas se ha puesto en evidencia una vez más en la Cumbre del Clima de Madrid (COP25) de 2019, patrocinada por Iberdrola y Endesa. El caso de Iberdrola resulta sangrante, no solo porque es la octava compañía que más CO2 emitió en 2018 en el Estado español, sino porque fue condenada por la Audiencia Nacional por el uso fraudulento de subvenciones públicas —doce millones de euros— destinadas a potenciar energías renovables y que acabaron invirtiéndose a la quema de gas, es decir, a energías fósiles. Por otro lado, Endesa fue en 2018 la empresa más contaminante del Estado español, emitiendo treinta millones de toneladas de CO2 a la atmósfera, señalando el Observatorio de la Sostenibilidad que “es y será el primer emisor durante muchos años hasta que no realice una profunda transformación de sus métodos de generación eléctrica”.[10]

Recientemente se han desclasificado documentos de la Global Climate Coalition (GCC), un lobby integrado por las grandes petroleras y empresas energéticas norteamericanas, que desvelan cómo influyeron en el desarrollo de los documentos adoptados en las cumbres climáticas celebradas entre 1989 y 2002. También se ha conocido que en la COP24 celebrada en Polonia, un alto directivo de Shell, la novena compañía más contaminante del mundo, reconoció que determinaron la redacción del acuerdo de París. ¿Es que acaso, los Gobiernos, la ONU o los diferentes actores de dichas cumbres, desconocían y desconocen esta forma de actuar de las grandes empresas? Por supuesto que no.

El capitalismo no puede ser ecológico

Tanto el Protocolo de Río, como posteriormente el de Kioto o el de París, nunca plantearon soluciones que cuestionaran la economía de libre mercado. Sus medidas encajan en la lógica del lucro capitalista, hasta hacer del cambio climático y la supuesta lucha contra el mismo nuevas formas de negocio y especulación.

Un buen ejemplo es el Acuerdo de Kioto. Para evitar el aumento de las emisiones de CO2 se creó un mercado de emisiones, mediante subastas, esperando que la ­mano invisible de la “competencia” autorregulara y corrigiera el problema. Si algún país contamina menos, en vez de apro­vecharlo para reducir las emisiones globales, puede vender sus emisiones sobrantes. Un auténtico absurdo que ha dado lugar a un flamante negocio. Grandes industrias contaminantes, cuando no consumen las emisiones asignadas, ¡obtienen incluso beneficios! Entre el año 2008 y 2012, gracias a la caída de la actividad por la crisis económica, se estima que las emisiones generaron unos beneficios de 1.370 millones de euros, destacando los 676 millones de la industria del cemento.[11] Otro ejemplo es el surgimiento de los llamados “futuros climáticos”, productos financieros especulativos que se negocian en bolsa, y que desde 2005 han incrementado su valor de 9.700 a 45.200 millones de dólares.

Otro efecto de este tipo de medidas está siendo la compra y privatización acelerada de bosques para recibir los llamados “créditos de carbono”, un medio oportuno para que multinacionales de combustibles fósiles o las eléctricas —responsables del grueso de las emisiones de CO2— maquillen sus balances respecto a dichas emisiones, dándose publicidad como compañías “verdes” mientras alimentan la especulación y la corrupción de este mercado de emisiones. Es decir, la propiedad de dichos bosques se traduce en la propiedad de créditos de carbono (CO2) con los que luego especular en el mercado obteniendo jugosos beneficios.[12]

Además, todas estas medidas solo se aplican si no afectan significativamente al comercio mundial o a los negocios de los grandes capitalistas. Numerosas emisiones han quedado excluidas de dichos protocolos, como las generadas por los grandes buques portacontenedores.[13] En la Unión Europea, supuesto ejemplo de responsabilidad ecológica, han quedado también excluidas las llamadas industrias vulnerables, que pueden verse afectadas por deslocalizaciones fruto del incremento de los costes para cumplir con los límites de emisiones. El problema es que dichas industrias concentraban en 2017 el 97% de todos los gases emitidos en la UE.

Es más, cuando algunos países europeos han reducido sus emisiones, ha sido a costa de exportar su contaminación a los denominados países “en vías de desarrollo”, donde la normativa ambiental es inexistente. Un estudio de 2011, publicado en la revista de la Academia Nacional de Ciencias de EEUU, señaló que el incremento de las emisiones a consecuencia de la producción de bienes en los países menos desarrollados, y luego consumidos en los más industrializados, era seis veces superior a la cantidad de emisiones “reducidas” en estos últimos.

Otro ejemplo es el de Australia. De cara a defender al lobby del carbón, el Gobierno liberal señala que solo son responsables del 1,3% de las emisiones globales, pero dicha cifra no tiene en cuenta sus exportaciones. Australia es junto a Indonesia el mayor exportador de carbón —el combustible fósil más contaminante del mundo— y junto a Qatar de gas natural licuado, lo que lo convierte en el mayor exportador neto mundial de combustibles fósiles después de Rusia y Arabia Saudí.

Tanto los Gobiernos como las instituciones internacionales frenan cualquier medida si afecta a los intereses de los grandes monopolios capitalistas. Por tanto, los responsables de la destrucción ambiental tienen nombre y apellidos. Según un reciente estudio de la revista Nature,[14] solo cien multinacionales son causantes del 70% de los gases efecto invernadero, ya que concentran en sus manos el grueso de la producción mundial de materias primas. Este proceso de concentración empresarial, que da lugar a gigantes económicos más poderosos que los Estados, no ha dejado de agudizarse desde que surgió el capitalismo.

Los datos son concluyentes: cuatro multinacionales controlan el 84% del mercado de pesticidas, diez el 56% del mercado de fertilizantes, otras diez el 83% del ­merca­do farmacéutico para ganado y solo tres el 60% del mercado de semillas. En el sector de la minería, cinco acaparan el 91%, 88% y 62% de la producción mundial de platino, paladio y cobalto, y diez el 64%, 52%, 50% y 45% de la producción de níquel, hierro, cobre y zinc respectivamente, así como el 34% y 30% de la de plata y oro. El 72% de las reservas de petróleo y el 51% de las de gas están en manos de diez grandes compañías, mientras que otras tantas producen el 30% del cemento mundial. También son diez las que acaparan el 25% de toda la producción de papel y cartón, y trece las que concentran entre el 11% y el 16% de la pesca y entre el 20% y el 40% de las ­reservas pesqueras. Cinco compañías controlan el 90% del comercio mundial de aceite de palma, otras tres el 60% de la producción de cacao, diez el 40% de la producción de café, ocho el 54% de la producción de soja, tres el 42% de la producción de plátano y cinco el 48% de la producción de salmón.

Los propios autores del estudio señalan que esto podría suponer una inmensa ventaja, ya que la acción combinada de dichas multinacionales permitiría atajar drásticamente el calentamiento global. Sin embargo, olvidan su naturaleza capitalista, que reacciona contra cualquier tipo de legislación o actuación medioambiental que implique reducir sus beneficios.

Un estudio de 2009 de la consultora Trucost para la ONU calculó que las 3.000 mayores compañías del mundo causaban daños medioambientales directos cada año por valor de 2,15 billones de dólares, excluyendo numerosos daños potenciales futuros y otros daños que son externalizados. Catástrofes medioambientales como la de Deepwater Horizon o la del Prestige[15] no son fruto de la casualidad, sino de decisiones conscientes con el objetivo de ahorrar costes e incrementar los beneficios de los directivos y accionistas. Algo consustancial al funcionamiento de este sistema.

Solo expropiando y nacionalizando estas grandes empresas, y adoptando un plan socialista controlado democráticamente, la economía podría organizarse de manera plenamente ecológica y sostenible.

La banca y las multinacionales mienten: el ejemplo del carbón

El problema ha adquirido tal gravedad a ojos de la opinión pública, que numerosas multinacionales y bancos tratan de subirse al carro del ecologismo. En la última Cumbre Climática en Nueva York en torno a cien multinacionales —entre ellas grandes empresas petroleras y energéticas— así como 31 bancos —entre ellos el Banco Santander y el BBVA— firmaron el Compromiso Colectivo con la Acción Climática. Recientemente, Ana Patricia Botín, la principal banquera del Estado español, ha planteado que ella también es ecologista, y que su banco es el más “sostenible del mundo”, ya que facilitará “120.000 millones de financiación verde entre 2019 y 2025”.

La realidad, sin embargo, es bien distinta. Según un informe de 2019,[16] mientras entre 2016 y 2018 el Banco Santander reivindicaba dedicar 69,8 millones de euros a la lucha contra el cambio climático, invertía 13.800 millones de euros en financiar a las industrias de combustibles fósiles, incluyendo proyectos de fracking,[17] de arenas bituminosas/alquitrán[18] o prospecciones en el Ártico. El Banco Santander ha sido una de las entidades responsables del proceso de salida a bolsa de Aramco, ­petrolera estatal controlada por la familia real saudí, que es la empresa más contaminante y más rentable del planeta. También en septiembre de 2018 acordaba con otros dos bancos financiar con 950 millones de euros la planta termoeléctrica de carbón de Bełchatów (Polonia), la más contaminante del continente, existiendo planes para nuevos proyectos de carbón[19] en este país: en 2019 en Opole y en 2020 en Turow. De esta manera, el Santander se ha convertido en el segundo banco europeo en la financiación de la industria del carbón. Por otro lado, junto al BBVA, que también reivindica ser un banco sostenible, financian el 60% de la industria armamentística española, otro de los sectores más contaminantes del planeta.

John Brown, presidente de British Petroleum, recibió en 1999 un premio de la ONU por su liderazgo en el campo medioambiental. Años después, fruto de los recortes en seguridad de la compañía que presidía, se produjo el accidente de la plataforma Deepwater Horizon en el Golfo de México, el mayor vertido de petróleo de la historia. Cuando preguntaron al economista neoliberal Milton Friedman sobre esta contradicción, señaló que si “busca cumplir con esos intereses medioambientales de forma que haga a la empresa menos rentable para sus accionistas, entonces pienso que está actuando de forma inmoral”.[20] Un buen resumen de la filosofía dominante bajo el capitalismo.

Así se explica que la industria más contaminante del mundo, la del carbón, haya aumentado significativamente su producción durante las últimas décadas, concretamente en un 192% desde 1980, generando actualmente el 34% de la electricidad mundial. Un buen ejemplo es el de Australia, cuyo Gobierno ha aprobado extender aún más esta industria con la apertura en la región de Queens­land de la mayor mina del mundo, con una producción estimada de 28 millones de toneladas.

El crecimiento de esta industria se ha visto impulsado por la economía china y la de los llamados países en vías de desarrollo, como India o Vietnam. Sin embargo, los beneficiarios son numerosas multinacionales europeas y norteamericanas que han trasladado allí su producción para reducir costes, entre otros, el de la factura energética. La caída del precio del carbón en las últimas décadas lo ha convertido en una fuente muy barata de producción de energía, y su consumo en la producción de electricidad para el sector industrial se ha disparado. De nuevo, la lógica del capitalismo: si es posible producir más barato, aunque se contamine más, se hará.

Pero incluso en Europa, abanderada de la lucha contra el carbón y el cambio climático, el peso de esta industria sigue siendo muy importante. En Polonia el 80% de la electricidad se genera mediante carbón y en Alemania el 40% mediante carbón y lignito,[21] frente al 36% producido por las energías renovables. Desde hace varios años, la principal empresa energética alemana (RWE) —con el visto bueno del Gobierno— intenta talar la mitad del bosque de Hambach, de 12.000 años de antigüedad, para ampliar sus minas de lignito. Si aún no lo ha hecho ha sido por la resistencia activa de miles de militantes ecologistas.

Otra gran fuente de contaminación son la guerras, no solo por el propio despliegue militar, que implica millones de toneladas de emisiones de CO2 y un gasto masivo en muy poco tiempo de combustibles y recursos. Por ejemplo, el ejército de los EEUU es el mayor consumidor de petróleo del mundo y solo en 2011 emitió 56,6 millones de toneladas métricas de CO2 a la atmósfera: más que Exxon Mobile y Shell conjuntamente. Además, en Vietnam, Laos y Camboya, el ejército estadounidense envenenó la tierra con 76 millones de litros de Agente Naranja;[22] más recientemente, en intervenciones imperialistas como las de Yugoslavia o Iraq, el ejército de EEUU ha utilizado munición de uranio empobrecido, extremadamente contaminante y nociva para el medio ambiente y la salud humana, y muy duradera en el tiempo.

Bajo el capitalismo el único criterio que determina la producción es la acumulación de beneficios: “Nunca, pues, debe considerarse el valor de uso como fin ­directo del capitalista. Tampoco la ganancia aislada, sino el movimiento infatigable de la obtención de ganancias”, el “afán absoluto de enriquecimiento”.[23] Al igual que el capitalista busca siempre prolongar la explotación y la jornada laboral más allá de cualquier límite físico, sometiendo a las y los trabajadores a jornadas extenuantes y antinaturales para el ser humano, también explota la naturaleza sin límites movido por la búsqueda de ganancias, independientemente de en qué estado deje el planeta a las futuras generaciones o de la necesidades de regeneración de la naturaleza.

¿Sobrepoblación?

A finales de los años 60 y principios de los 70 se publicaron dos libros: La explosión demográfica y Los límites del crecimiento. Este último encargado por el elitista Club de Roma.[24] Ambos trabajos señalaban la sobrepoblación como la causa de la degradación medioambiental.

Uno de los ejes utilizados para esta tesis es la supuesta capacidad de carga de la Tierra, es decir, cuántos seres humanos puede albergar con sus actuales recursos. Este planteamiento, que no es nuevo en la historia, olvida que dicha capacidad no es un valor absoluto sino que depende de multitud de factores variables, entre los que destacan el modo de producción y la tecnología, que a su vez interactúan críticamente con la naturaleza, su explotación y capacidad de regeneración… No existe, como afirman numerosos demógrafos y como señalaba Marx hace 150 años, una capacidad de carga definitiva de la Tierra:

“En la historia encontrará que la población se desarrolla en proporciones muy diferentes y que la sobrepoblación constituye igualmente una relación históricamente determinada, de ningún modo determinada por números o por el límite absoluto de la productividad de medios de subsistencia, sino por límites puestos por determinadas condiciones de producción (…) que hace de estas leyes históricas determinadas de los movimientos de la población, leyes que son, en tales circunstancias, la historia de la naturaleza del hombre; leyes naturales, pero que solo son leyes naturales del hombre en un determinado desarrollo histórico, con un determinado desarrollo de las fuerzas productivas, condicionado por su propio proceso histórico”.[25]

Culpar a una hipotética superpoblación de la degeneración medioambiental lleva a posiciones reaccionarias y clasistas, algo que se ha expresado en sectores del movimiento ecologista. David Foreman, por ejemplo, activista climático y fundador de la organización ecologista Earth First!, proponía en 1983 denegar vales de comida y subsidios a cualquiera que tuviera más de dos hijos, así como frenar toda inmigración a los EEUU. Planteó pagar 20.000 dólares a cualquiera que no teniendo hijos se sometiera a un proceso de esterilización, e incluso obligar a ello a todo hombre o mujer que ya hubiera tenido un hijo. Otro activista ecologista de esa misma organización, Christopher Manis, llegó a plantear en 1987 que “como ecologistas radicales, podemos ver el SIDA no como un problema, sino como una solución necesaria”.[26]

Estos argumentos no son novedosos. Hace 200 años, Thomas Malthus ya planteaba estas ideas en sus teorías sobre la población, justificando la existencia de la pobreza y la desigualdad por la supuesta ausencia de recursos y alimentos. Malthus abogó incluso por la eliminación de las leyes de asistencia social en Inglaterra, ya que impedían la libre actuación de lo que él consideraba leyes naturales de población:

“Un hombre que nace en un mundo que ya está poseído, si no puede obtener subsistencias gracias a sus padres… y la sociedad no quiere su trabajo, no tiene derecho a reclamar la mínima ración de alimento y, de hecho, no tiene nada que hacer donde está. En el gran banquete de la naturaleza no hay ninguna vacante ­para él. La naturaleza le pide que se vaya, y ella pronto ejecutará sus propias órdenes, si no consigue granjearse la compasión de alguno de sus invitados. Si estos invitados se levantan y le hacen sitio, otros intrusos aparecerán inmediatamente exigiendo el mismo favor… El orden y la armonía de la fiesta se perturba, la abundancia que antes había se torna escasez”.[27]

Las posiciones de Malthus no eran más que la cruda justificación burguesa de la existencia de la sociedad de clases, tal y como señaló el mismo Malthus en su primer Ensayo sobre el principio de la población: “La línea argumental de este ensayo solo se propone demostrar la necesidad de una clase de propietarios y una clase de trabajadores”.[28]

Tanto Marx como Engels combatieron a Malthus y a sus seguidores, que trataban de justificar la pobreza y la desigualdad como una consecuencia de leyes naturales inmutables:

“Malthus, inventor de esa doctrina, afirma que la población presiona constantemente sobre los medios de sustento, que, al aumentar la producción, la población aumenta en las mismas proporciones y que la tendencia inherente a la población de crecer por encima de los límites de los medios de sustento disponibles constituye la causa de toda la miseria y de todos los males. En efecto, cuando hay exceso de seres humanos, los seres sobrantes, según Malthus, tienen que ser eliminados de un modo o de otro, o perecer de muerte violenta o morirse de hambre. […] En una palabra: aplicando consecuentemente esta doctrina, deberíamos decir que la tierra se hallaba ya superpoblada cuando la habitaba un solo hombre. ¿Y cuáles son las consecuencias de esta marcha de las cosas? Que los que sobran son precisamente los pobres... Pero en ella tenemos la clave de bóveda del sistema liberal de la libertad de comercio que, al caer, arrastra consigo todo el edificio. Pues si se demuestra que la competencia [capitalista] es la causa de la miseria, de la pobreza y el crimen ¿quién se atreverá a levantar la voz en su defensa?”.[29]

Los datos de los que disponemos en la actualidad niegan claramente esta teoría de la sobrepoblación. El argumento sobre la falta de alimentos y recursos, que abordaremos en detalle más adelante, ha sido plenamente desmentido: mientras que entre 1960 y el año 2000 la población se duplicó, la producción de alimentos se multiplicó por 2,5.

Incluso el crecimiento de la población en los países capitalistas más desarrollados se ha ido frenando, planteándose una perspectiva de decrecimiento demográfico. Actualmente en 116 países, que representan la mitad de la población mundial, la tasa total de fertilidad (valor que mejor determina a largo plazo el crecimiento de la población) está por debajo de la fecundidad de reemplazo.[30] La propia Oficina del Censo de los EEUU, en sus proyecciones de población, plantea para 2040[31] un decrecimiento de la población en numerosos países y, aunque esta tendencia no se mantenga en las zonas más pobres del planeta, la cuestión de la degradación medioambiental no tiene nada que ver con ello, sino con el modo de producción y las relaciones de propiedad.

Control de natalidad, racismo y colonialismo

En la década de los cincuenta del siglo pasado, el multimillonario norteamericano Hugh Moore planteó la necesidad de impulsar campañas por el control de la natalidad y evitar “el uso que hacen los comunistas de la gente hambrienta en su búsqueda por conquistar la tierra”.[32]

Estos planteamientos reaccionarios, nada originales, entroncaban con las tesis eugenistas que tuvieron un gran predicamento entre las élites económicas y políticas de Occidente. El eugenismo pretendía la mejora biológica de la especie humana mediante la selección de los “más aptos”. Algunos de los más notorios eugenistas fueron políticos como Theodore Roosevelt, presidente de EEUU, o Winston Churchill, primer ministro británico, que nunca ocultaron su apoyo a la segregación racial y la esterilización de los “disminuidos psíquicos”. Por supuesto, Adolf Hitler fue el que llevó la teoría eugenista de la pureza de la raza a un nivel superior: la Ley de Esterilización de 1933 la hacía obligatoria para aquellas personas con “enfermedades hereditarias leves” o “de mente débil”, categorías difusas que incluyeron a los opositores al régimen nazi, judíos y gitanos. Entre 1933 y 1945 el régimen nazi esterilizó a cerca de 400.000 personas, muchas de las cuales acabaron finalmente en las cámaras de gas.

Las teorías eugenistas se han aplicado a diferente escala en numerosos países: en el Perú de Fujimori en la década de los noventa, esterilizándose a 330.000 mujeres y 30.000 hombres, principalmente indígenas Quechua y Aymara; en Japón, entre 1948 y 1996, se mantuvo vigente la Ley de Protección de la Eugenesia, que en nombre de “un Japón mejor” autorizó la esterilización de personas con discapacidad o enfermedades hereditarias por ser “inferiores”; en Suecia se practicaron entre 1935 y 1975 cerca de 63.000 esterilizaciones, un tercio de ellas forzadas.[33]

También el Gobierno de Indira Ghandi, durante los años setenta en la India, realizó amplias campañas de esterilización. En su punto álgido, 1975-1976, llegaron a esterilizar a ocho millones personas. Los afectados, como siempre, fueron los sectores más pobres y oprimidos de la sociedad: en el Estado de Uttar Pradesh, donde la casta de los intocables[34] representa el 29% de la población, la esterilización alcanzó al 41% de la misma. En Bangladesh, el ofrecimiento de subsidios a cambio de someterse a la esterilización conllevó un aumento drástico de las mismas en el periodo entre cosechas, cuando mayor desempleo había en el campo.

Gobiernos occidentales como el de EEUU condicionaron las ayudas a los llamados países en vías de desarrollo a que implementaran estas políticas de esterilización, al tiempo que las practicaron con la población india nativa, latina y afroamericana o con la de Puerto Rico. En este último país, en 1968, un tercio de las mujeres en edad de procrear habían sido esterilizadas. También ocurrió en Australia con los aborígenes.

Con el desarrollo de este tipo de tesis se justifican discursos y acciones abiertamente racistas, colonialistas y xenófobas. En la edición revisada de La explosión demográfica de 1990 se señalaba que los inmigrantes “al adoptar el estilo de vida de sus países de acogida empezarán a consumir más recursos por persona y a causar un daño medioambiental desproporcionado”. Actualmente se envuelven hábilmente los argumentos malthusianos y supremacistas en el rechazo a la inmigración, planteando la necesidad de frenarla para evitar el aumento de la llamada huella ecológica.[35]

El activista climático y científico australiano Tim Flannery, en un debate sobre inmigración en el año 2009, señalaba que “el crecimiento de la población australiana tiene un impacto mucho mayor que el crecimiento de la población en un país pobre (…) así que la gente que viene a este país desde cualquier otra parte del planeta producirá como resultado casi seguro un incremento de la huella de carbono”.[36]

Estos planteamientos racistas que apuntan directa o indirectamente a los países más pobres como los responsables de la crisis climática por su falta de control de la natalidad, son radicalmente falsos. El África subsahariana, por ejemplo, con un crecimiento de la población entre 1980 y 2005 del 18,5%, ha incrementado sus emisiones de CO2 en dicho periodo solo un 2,4%. Sin embargo, en el caso de los EEUU, con un avance de la población del 3,4%, las emisiones han crecido un 12,6%. Durante ese mismo período, los países más pobres aumentaron su población un 52,1% y sus emisiones de CO2 solo un 12,8%, mientras los más ricos lo hicieron en un 7% y sus emisiones en un 29%.

Tal y como señala el geógrafo marxista David Harvey, “si aceptamos la teoría de la sobrepoblación y de la escasez de recursos pero insistimos en mantener el modo capitalista de producción intacto, entonces el resultado inevitable serán políticas represivas, clasistas y étnicas en casa, y políticas imperialistas y neoimperialistas en el exterior”.[37] De ahí la importancia de defender un ecologismo anticapitalista que señale a los verdaderos responsables del problema y no a sus víctimas.

¿Somos todos culpables como consumidores?

Una variante actual de los planteamientos neomalthusianos es la crítica abstracta al consumidor individual como responsable de la degradación medioambiental, sin tener en cuenta ni las diferencias de clase ni la ­forma en que se organiza bajo el capitalismo el proceso de producción y apropiación.

Recurriendo a la llamada huella ecológica, un método que carece de rigor científico, se equipara lo que puede contaminar un consumidor individual con los efectos de la extracción minera, la producción de energía, el procesamiento de alimentos o cualquier otro tipo de industria cuyo peso es absolutamente abrumador en la actividad contaminante de la sociedad.

En el caso de los desperdicios sólidos se calcula que en EEUU entre el 97 y el 99% de los mismos proceden de los procesos industriales y solo entre un 3 y un 1% se generan por los hogares. En Canadá, por ejemplo, la industria de las arenas bituminosas generó en 2008 más de 645 millones de toneladas de residuos frente a los 34 millones de toneladas producidas por todos los hogares. ¡Y se trata solo de una de las industrias de la economía canadiense! Ese mismo año, el resto de industrias mineras canadienses produjeron otros 473 millones de toneladas de residuos.

Si hablamos de la Unión Europea, y según sus propios datos de 2016, solo el 8,5% de los residuos totales correspondían a los desperdicios recogidos por los servicios municipales, que incluían a los hogares y un porcentaje importante de comercios y pequeños negocios. Mientras, solo los sectores de la construcción y de la minería representaban el 62% de todos los desperdicios generados en la UE.

El peso individual de cada consumidor resulta ínfimo en el total de los desperdicios generados, confirmándose el papel abrumador de las grandes industrias capitalistas en la contaminación y producción de residuos de todo tipo. Los datos de consumo y gasto también demuestran la responsabilidad de los sectores más ricos y privilegiados de la sociedad. En EEUU, el 1% más rico de la población gasta y consume más que el 40% más pobre, mientras que el 80% de los norteamericanos acaparan menos del 40% del gasto por consumo. ¡Y esto en un país avanzado como EEUU!

Por otro lado, el consumo indiscriminado es impulsado de forma persistente por las grandes empresas capitalistas y los grandes medios de comunicación a su servicio, a través de la inmensa industria de la publicidad y el marketing, y de técnicas de producción basadas en la obsolescencia programada que imponen una fecha de caducidad a mercancías de todo tipo.

El economista burgués John Kenneth Galbraith ya señalaba hace 50 años que la supuesta soberanía del consumidor está completamente mediatizada debido a los miles de millones de dólares invertidos en campañas publicitarias por los grandes monopolios. ¿Por qué, decía, iban a realizar dichas inversiones multimillonarias, si no se obtuviera de las mismas un efectivo retorno comercial? Actualmente, solo en EEUU se gastan más de tres billones de dólares al año en marketing.

Curiosamente, el propio concepto de obsolescencia programada fue utilizado por primera vez en 1932 durante la Gran Depresión. Bernard London, agente inmobiliario norteamericano, en su ensayo Acabar con la Depresión a través de la obsolescencia programada, señalaba la necesidad de determinar “la obsolescencia de los bienes de capital y consumo en el momento de su producción (…) el Gobierno determinará un período de vida a los zapatos, las casas y las máquinas, a todos los productos fruto de la industria, la minería y la agricultura, cuando se crean por primera vez, y se deberían vender y usar dentro de dicho plazo de existencia plenamente conocido por el consumidor. Una vez expire ese plazo, estos productos estarían legalmente ‘muertos’ y pasarían a estar controlados por la correspondiente agencia gubernamental, y destruidos en el caso de que haya un desempleo generalizado”,[38] imponiéndose impuestos especiales a aquellos que continúen haciendo uso de los mismos. Una política, decía, que sería aplicada por el Estado en períodos de crisis y recesión.

Este plan, que puede parecer absurdo, es hoy parte del funcionamiento del capitalismo y un claro ejemplo de su ineficiencia orgánica y despilfarro. En los años cincuenta, la General Motors y posteriormente el resto de compañías automovilísticas decidieron cambiar el diseño de los coches cada año para incrementar las ventas. Anteriormente, en 1939, General Electric había diseñado bombillas que se agotaban antes de cara a garantizar la compra más rápida y regular de recambios. Es lo que vemos actualmente en el sector de la tecnología de móviles, ordenadores, electrodomésticos, etc.; hasta el punto de que en muchas ocasiones resulta más rentable la compra de un nuevo móvil u ordenador que su reparación. Un proceso absurdo e ineficiente desde un punto de vista social, pero enormemente lógico y rentable para las grandes empresas capitalistas.

Marx ya vislumbró que el proceso de producción capitalista que impulsa y determina a su vez el proceso de consumo “requiere la producción de nuevo consumo” mediante “la ampliación cuantitativa del consumo existente”, la “creación de nuevas necesidades difundiendo las existentes en un círculo más amplio” y la “producción de nuevas necesidades y descubrimiento y creación de nuevos valores de uso”.[39] Es decir, es el modo anárquico de producción capitalista el que determina un modo anárquico de consumo capitalista.

¿Negocios verdes?… ¡Simplemente negocios!

La soberanía del consumidor es una auténtica entelequia, una ficción, que se plantea interesadamente para acusar a los trabajadores y la población en general del desastre ecológico y exonerar a los capitalistas —que son los que determinan qué se produce y qué se consume— de sus tremendas responsabilidades.

De hecho, numerosas multinacionales han visto en los últimos años una oportunidad de mercado en la creciente preocupación mundial por el medio ambiente, fomentando nuevas líneas de negocio en torno a productos ecológicos o al reciclaje.

Como sabemos, el monopolio sobre la producción y el secreto comercial y empresarial, principio fundamental del sistema, no nos permite siquiera conocer la verdad sobre el origen y composición de dichos productos “verdes”. Un estudio de mercado de 2010 realizado en EEUU en torno a 5.000 productos ecológicos determinó que el 95% no cumplían con los estándares medioambientales que anunciaban y que el 30% tenían etiquetados ecológicos falsos.[40]

Esta nueva línea de negocio ha permitido además incrementar los beneficios de muchas empresas, ya que los precios de los productos con estándares ecológicos son significativamente superiores al resto. De hecho, el ­acceso a los mismos está delimitado por la barrera de la clase social. Los sectores más pobres quedan invariablemente excluidos y son precisamente los que padecen los mayores índices de obesidad y más problemas de salud fruto de una alimentación basada en el consumo de productos procesados y comida basura, más barata que los productos frescos y elaborados con un tiempo suficiente: algo incompatible con los actuales salarios y ritmos de trabajo.

Otro ejemplo lo encontramos en el sector del reciclaje. Ecoembes, que posee el monopolio del reciclaje en el Estado español, es una Sociedad Anónima sin ánimo de lucro compuesta en su accionariado por el lobby de los envasadores, por grandes multinacionales (Coca-Cola, Nestlé, Danone, etc.) y por las grandes cadenas de super­mercados (Mercadona, Carrefour, etc.). Greenpeace ha denunciado que cobra ingentes cantidades de dinero por residuos que finalmente ni siquiera recicla, ya que el ­pago está determinado por el peso de lo recogido y no por lo efectivamente reciclado. Dichas empresas repercuten los costes del reciclaje en los consumidores a través del precio final y luego gestionan esa recaudación a través de Ecoembes. Se calcula que obtienen en este proceso unos beneficios anuales de 500 millones de euros. Un círculo cerrado donde siempre ganan los mismos, esto es, las empresas que generan los residuos.

Además, el negocio del reciclaje no es un fenómeno reciente. A mediados de los años 50 en EEUU, ante el cre­ciente problema de qué hacer con los desperdicios, el Estado de Vermont impulsó una normativa que obligaba a producir determinados productos en recipientes reutilizables; una vez consumidos había que ­devolverlos, tal y como se hacía antes, para su nuevo uso por parte de la industria. Algo que a su vez aumentaba los costes para las empresas implicadas.

Con el objetivo de combatir este tipo de legislación, se formó la asociación sin ánimo de lucro KAB (Keep America Beautiful), integrada por las principales compa­ñías productoras de envases como la American Can Com­pany y la Owens-Illinois Glass Company, y por otras muchas multinacionales como Coca-Cola, Pepsi, Philip Morris, etc. Estas iniciaron una agresiva campaña publicitaria señalando que había que acabar con los hábitos de muchos americanos “de tirar basura en las calles y por las ventanas de los coches”. Al tiempo que culpaban a los consumidores, presionaban para acabar con la legislación aprobada en Vermont, algo que finalmente consiguieron tras cuatro años.

Hoy en día ocurre lo mismo con la industria del plástico, que genera unas ganancias anuales estimadas en cuatro billones de dólares, beneficiándose de las mismas las grandes petroleras[41] como Shell y Exxon, multinacionales del sector químico como DuPont y otras grandes compañías como Coca-Cola, Pepsi y Nestlé. Solo estas tres últimas son responsables del 45% de los plásticos encontrados en los océanos.

Estas empresas, que son las mismas que financian constantes “campañas de concienciación” sobre el medio ambiente y el reciclaje, combaten cualquier legislación que trate de poner límites a sus negocios o que intente hacerles pagar por los costes medioambientales derivados de sus actividades. A pesar del grave problema que existe con el plástico, el abaratamiento de los precios del petróleo ha impulsado aún más este lucrativo negocio, existiendo “más de 700 proyectos en marcha de nuevas industrias de producción de plásticos, incluyendo la expan­sión de viejas plantas y la construcción de nuevas por parte de Chevron, Shell, Dow, Exxon, Formosa Plastics, Nova y Bayport Polymers, entre otras compañías”.[42]

Actualmente, el 80% de todos los productos ­vendidos en EEUU son de un solo uso, el 31% de los residuos municipales son envases o paquetes y se utiliza el 3% de la energía industrial en la producción de los mismos. Ante esto, el consumidor es prácticamente impotente, ya que es ajeno a los procesos de producción y envasado. Los capitalistas prefirieren vender cien que cincuenta. El aumento descontrolado de productos desechables o de un solo uso o la obsolescencia programada permiten una obtención constante de ganancias, sin que importen los costes medioambientales que pagan sobre todo los sectores más empobrecidos de la sociedad.

Un buen ejemplo de ello es el destino de la basura, exportada en grandes cantidades a países pobres o acumulada en incineradoras y vertederos situados cerca de barrios y localidades obreras. El propio Engels ya señaló el carácter de clase de los efectos de la contaminación en su obra La situación de la clase obrera en Inglaterra:

“Esas partes del Este y Noreste de Manchester son las únicas en que la burguesía no ha seguido construyendo [para sí], a causa de que por diez u once meses al año soplan los vientos del Oeste y Sudoeste, que llevan siempre hacia esos lados el humo de todas las fábricas, que no es poco. Solamente los obreros pueden respirarlo”.[43]

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Notas.

[1].   Friedrich Engels, Dialéctica de la Naturaleza. Editorial Grijalbo, 1961, pp. 151-152.

[2].   Se calcula que los océanos han absorbido la mitad de las emisiones de CO2 generadas por el ser humano durante los últimos doscientos años.

[3].   Según un informe de la organización WFF, entre 1970 y 2012 ha disminuido en un 50%.

[4].   Friedrich Engels, Dialéctica de la Naturaleza, p. 151.

[5].   Karl Marx y Friedrich Engels, Obras Escogidas I. Editorial Progreso, 1973, p. 16.

[6].   Friedrich Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. Fundación Federico Engels, 2006, p. 43.

[7].   www.theguardian.com/commentisfree/2019/nov/12/us-military-­

pentagon-climate-crisis-breakdown.

[8].   Documento elaborado anualmente que señala los riesgos y amenazas para la seguridad nacional de EEUU.

[9].   www.eldiario.es/ballenablanca/crisis_climatica/cientifico-Exxon-

conferencia-climatica-petrolera_0_913408730.html.

[10].   www.climatica.lamarea.com/el-ibex-35-patrocina-esta-cumbre-

del-clima.

[11].   www.diagonalperiodico.net/global/mercado-del-carbono-hace-

crac.html.

[12].   www.theguardian.com/environment/2010/nov/28/redd-forest-

protection-banks-oil.

[13].   Los quince buques portacontenedores más grandes del mundo generan las mismas emisiones que los 760 millones de coches existentes en el mundo, y su tráfico se ha incrementado un 400% en los últimos 20 años.

[14].   Transnational corporations and the challenge of biosphere ­stewardship, Carl Folke, Henrik Österblom y otros autores. Nature Ecology & Evolution, Vol. 3, 16 de septiembre de 2019 (www.nature.com/articles/s41559-019-0978-z).

[15].   La gestión del Gobierno del PP ante el desastre del Prestige (2002) fue desastrosa: decidió alejarlo mar adentro, causando que la mancha de petróleo extendiera sus daños a toda la costa gallega occidental. El accidente afectó a 2.000 kilómetros de costa española, francesa y portuguesa. Durante meses miles de voluntarios se desplazaron a Galicia para limpiar los restos de crudo de las costas y playas. El derrame de petróleo del Prestige ha sido considerado el tercer accidente más costoso de la historia: 12.000 millones de dólares.

[16].   www.ran.org/wp-content/uploads/2019/03/Banking_on_Cli­mate_Change_2019_vFINAL.pdf.

[17].   Es una técnica para posibilitar o aumentar la extracción de gas y petróleo del subsuelo que implica la contaminación de acuíferos, un elevado consumo de agua y graves riesgos medioambientales por la migración hacia la superficie de los gases y productos químicos utilizados, así como por posibles vertidos.

[18].   Proceso muy contaminante de producción de petróleo mediante la extracción minera, a cielo abierto, de las llamadas arenas de alquitrán. Canadá es el principal país productor de petróleo a través de está técnica, que ha supuesto la tala masiva de sus bosques boreales y uno de los peores casos de contaminación del suelo y del agua por la enorme cantidad de residuos tóxicos generados. La extracción de este tipo de petróleo ha envenenado el río Athabasca y ha contaminado hasta tal punto la región que se produce lluvia ácida.

[19].   El carbón es el combustible fósil más contaminante, sin embargo a día de hoy es la primera fuente mundial en generación de electricidad.

[20].   Fred Magdoff y John Bellamy Foster, What every environmentalist needs to know about capitalism. Monthly Review Press, 2011, p. 67.

[21].   Variedad de carbón mineral.

[22].   Uno de los herbicidas y defoliantes utilizados por los militares estadounidenses como parte de su programa de guerra química durante la Guerra de Vietnam. Se estima que tres millones de vietnamitas fueron asesinados y 500.000 niños nacieron con malformaciones congénitas como resultado de su uso.

[23].   Karl Marx, El Capital. Tomo I. Siglo XXI Editores, 1998, p.187.

[24].   El Club de Roma es una organización formada por presidentes, primeros ministros y expresidentes de Gobiernos, monarcas y miembros de casas reales, burócratas de la ONU, políticos de alto nivel y funcionarios gubernamentales, diplomáticos, científicos, economistas, y presidentes y ejecutivos de las grandes multinacionales de todo el mundo.

[25].   Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858. Vol. 2. Siglo XXI Editores, 2007, p. 113.

[26].   Ian Angus y Simon Butler, Too many people? Population, Inmigration, and the Enviromental Crisis. Haymarket Books, 2011, pp. 41-42.

[27].   Citado en John Bellamy Foster, La ecología de Marx. El Viejo Topo, 2000, p. 160.

[28].   Ibíd., p. 149.

[29].   Friedrich Engels, Esbozo de una Crítica de la Economía Política. Biblioteca Libre Omegalfa, 2018, pp. 27-28.

[30].   La fecundidad de reemplazo se refiere a la fecundidad mínima necesaria para que una población cerrada (las migraciones se entienden aparte) se mantenga indefinidamente en el tiempo sin disminuir su volumen y suele cifrarse en 2,1 hijos por mujer como promedio.

[31].   (Cifras en millones de personas)

                                        Año 2010         Año 2040

Alemania                           82,3                  76,8

Italia                                    58,1                  53,2

Japón                                 126,8                103,9

Polonia                               38,5                  34,5

Rusia                                 139,4                116,6

Corea del Sur                    49,6                  48,3

[32].   Ian Angus y Simon Butler, op. cit., p. 107.

[33].   Luis Martínez, Las campañas de esterilización, una herramienta de poder (elordenmundial.com/las-campanas-de-esterilizacion-

una-herramienta-de-poder/).

[34].   Dentro de la sociedad de castas existentes en la India, los intocables son la casta más baja, los impuros, encargados de los trabajos más degradantes, como la limpieza y recogida de excrementos. Son objeto de marginación por parte de las castas superiores y muchos sufren agresiones y palizas, siendo incluso asesinados. Aunque tras la independencia de la India se prohibió la discriminación por razones de casta, bajo el capitalismo dicha discriminación no ha acabado, sufriendo los intocables constantes persecuciones por parte de las castas superiores.

[35].   La huella ecológica es el índice de contaminación que se supone genera cada individuo. Se calcula dividiendo la contaminación global de un país entre su número de habitantes.

[36].   Ian Angus y Simon Butler, op. cit., p. 20.

[37].   Ibíd., p. 117.

[38].   upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/2/27/London_%281932%29_Ending_the_depression_through_planned_obsolescence.pdf.

[39].   Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858. Vol. 1, p.360.

[40].   The Sins of Greenwashing, estudio de Terrachoice, en Ian Angus y Simon Butler, op. cit., p. 181.

[41].   El plástico se obtiene de derivados de petróleo y gas.

[42].   theintercept.com/2019/07/20/plastics-industry-plastic-recycling.

[43].   Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, Ediciones Júcar, Madrid, 1980, p. 75.

 


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